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LA IMAGINACIÓN AL PODERJune 30 YO NO QUIERO PEDESTALES por Francine"Los valores que sustentan a la sociedad de hoy día son tan hipócritas que podrían darle lecciones a los padres de la hipocresía.
Que lo diga a estas alturas y en este lugar resultará seguramente cansino, reiterativo, y tal vez no me sorprenda ni a mí misma, pero me hierve la sangre cada vez que compruebo que no era un mal sueño ni un augurio demasiado cargado de pesimismo, sino una realidad muy contundente.
He aguardado hasta final de mes porque un acontecimiento me iba a ayudar a explicarme mejor, o por lo menos con más saña y más mala leche, que es lo que merece la ocasión.
Anoche España se convirtió en campeona de Europa. Hasta donde yo recuerdo nunca había ganado nada. Y aquí hago un inciso porque me niego categóricamente a utilizar el "ganamos" que todo el mundo abandera como si, a ratos, les fuera la vida en ello. Yo no he estado en ningún campo de juego sudando la camiseta, corriendo detrás de un balón ni luchando por ningún gol a favor o por evitarlos en contra. Tampoco me he ganado la gloria, ni habría aguantado el chaparrón tras la derrota. No saboreé las mieles del éxito ni las del fracaso. Ni mi vida cambiará porque haya ganado España, ni habría cambiado si hubiera perdido. En esencia, todo sigue igual, y todo habría seguido igual.
Me alegro, no obstante, de que España se haya proclamado vencedora en la Eurocopa. No por ser española ni por no serlo, sino porque ha sido la recompensa a un trabajo muy bien hecho. Un trabajo hecho con ilusión y con ganas, y eso siempre merece un reconocimiento. Me alegro por todos y cada uno de los que han salido al campo de batalla y han peleado por su sueño, y recibirán su correspondiente baño de gloria. Quede dicho.
Lo que me desalienta, y es motivo de mi protesta son dos conclusiones que se desprenden de este hecho. La primera de ellas es que los medios de comunicación tienen una capacidad de manipulación tan asombrosa que hasta condenan a la población a la ignorancia, el absurdo e incluso la estupidez. Ellos lo dicen y se lo dicen todo, hacen y deshacen, tejen y destejen, y luego lo lanzan al viento para ponerlo en la boca y la cabeza de cada uno de nosotros, haciéndonos responsables. Nosotros recogemos el testigo y somos la mano ejecutora. Por eso, hace unos días me llamó poderosamente la atención -aunque la costumbre debería haber mitigado la sorpresa-, el que se elevara a los altares a Luis Aragonés cuando el conjunto español pasó a semifinales y se le apodó "el mejor seleccionador de la historia", si hacía apenas unas semanas antes casi se propone un linchamiento popular contra el mismo; secundando la afición una y otra cosa.
A partir de los triunfos encadenados de la selección, cuando se vislumbraba la posibilidad de que hicieran un buen papel en el campeonato de turno -Eurocopa en este caso-, empezó la peña a dar pasos en la dirección del árbol que mejor sombra daba y a ser todos más españoles, y más futboleros que nadie. Porque cuando se trata de poner la mano y recoger frutos, todos la tenemos abierta. A la hora de tenderlas, siempre faltan. Hasta hace poco, Luis Aragonés había sido uno de los seleccionadores más criticados, sobre todo por tomar la decisión de dejar a Raúl fuera de esta competición, como él mejor lo consideró. Parecía que España no podía ir a jugar ningún partido si no la capitaneaba Raúl, que el fracaso iba a ser estrepitoso si él faltaba, y sin embargo en su ausencia ha llegado más lejos de lo que nunca había llegado. Todo el mundo cuestionó al seleccionador, le colocó en la tela de juicio afilando las uñas para dar un zarpazo al mínimo traspiés, y subestimó todos sus criterios. Ahora no hay nadie más sabio que el sabio de hortaleza. Él eligió con más acierto que nadie a los jugadores, él planteó como ninguno las estrategias, él supo como nadie lo que tenía que hacer, por mucho que antes todo el mundo metiera las narices y opinara como si fueran Pedro y estuvieran entrando en su casa. Lo mismo que ha ocurrido con Fernando Torres, que minutos antes de marcar el gol que le dio la victoria a España en el último partido, era criticado con saña y se pedía su cabeza y su cambio inmediato por otro goleador más efectivo, y ahora es el héroe nacional. La memoria colectiva ni siquiera ha guardado unos minutos en los que otros compañeros de éste pelearon y marcaron goles que también dieron victorias y que llevaron al equipo hasta donde lo cogió Torres, para hacerlo campeón.
Ahora se han invertido los papeles. Seguramente la mayoría de la opinión pública y privada creerá que sin Luis Aragonés ya no serán nadie los que vayan a defender la camiseta. Desde mi punto de vista, la gran virtud de este hombre, aparte los años que lleva a cuestas y las vueltas que le habrá dado la vida, es su casa, que a él no le tose cuando ocupa su puesto y despliega todo el poder que éste le otorga, ni su padre, y a los niñatos de look sofisticado, que salen con peinados imposibles al campo, avalorios joyiles que en otras épocas habrían sido criticado hasta obligar al portador a desprenderse de ellos, los repeina con la raya a un lado y los lleva más rectos que una vela, a meter gol.
Así que una de las cosas que más cabreada me tenía era volver a comprobar, cansándome al hacerlo, que colocarle una corona de laureles a alguien en la cabeza es tan fácil como arrebatársela, por mucho esfuerzo, mucho sudor y muchas lágrimas que haya detrás del motivo por el cual haya sido concedida.
May 29 NATURALEZA MUERTA por Francine"Cada uno tiene lo que se merece. Es esta una frase que siempre cojeó de justicia, para mi gusto soñador, pero a la que con el paso de los años le voy encontrando cada vez más el sentido -muy a mi pesar-, y con las vueltas que da la vida hasta acabo dándole la razón, sin que deje de pesarme.
Si comenzara a enumerar todo aquello que me indigna, seguramente la lista se haría infinita, y como todas estas cosas que carecen de final anunciado, y que bien enredada la madeja hasta éste se vislumbra imposible en algún momento, me quedaría más sola que la una, batiendo contra el viento sólo con mi dedo enervado cual espada justiciera.
A la gente no le interesa saber ni complicarse la existencia ni llegar lejos por si acaso se encuentra con cosas que sabe que existen, pero prefiere ignorar. Es mejor no saber para vivir tranquilo, ojos que no ven corazón que no siente, y ese parece ser el fin perseguido. Pasar como si nada.
Sólo con echar un vistazo a lo largo y ancho del alrededor que tenemos por detrás y por delante, es fácil adivinarlo. Cada uno de nosotros somos conscientes de que no podemos confiar en nosotros mismos, ó al menos así le pasa a la gran mayoría. Porque por mucho que nos atragantemos enunciando los principios que nos comandan -unos más discutibles que otros pero con apariencia de respetuosos todos-, no hay nada que asegure que se seguirán al pie de la letra a la hora de la verdad. Es más, casi nunca suele suceder así, y cada uno hace de su capa el sayo que más le conviene para arrimarse al árbol que más sombra le ofrezca.
Esto es lo que genera la desconfianza hacia los demás. Como bien sabemos lo que podemos esperar de nosotros, siempre ampliando el margen de error, cree el ladrón que todos son de su condición. Y hoy me ha dado por los refranes.
En definitiva, la convivencia social se tiñe de relaciones que pecan de cavidades huevas por muchos de sus rincones, y andan desprendiendo un hedor a falsedad que ya ni siquiera repugna a los olfatos que se han acostumbrado a él.
Seguimos adelante con nuestras circunstancias a cuestas porque no hay nada mejor que hacer al respecto, ó al menos no nada tan cómodo, y nos soportamos como podemos. Supongo que sentirnos parte de un todo que de un tiempo a esta parte nos prometió protección y amparo, ayuda a que se crezca el orgullo y se hinche el pecho. Sabernos protegidos y avalados por un reconocimiento social al que sólo le prestamos atención cuando nos interesa, nos inyecta en vena unas dosis de valentía que son tan peligrosas como bienvenidas.
Cuando se pone todo en entredicho, absolutamente todo, hasta lo que se había colocado sobre un pedestal, protegido por una urna y por encima de todas las cosas, le fallan las pilas ó los argumentos y el mundo se vuelve loco, entonces nos damos cuenta de lo vulnerables que somos. Cuando comprobamos que nuestra voluntad tiene un peso fundamental en la labranza de nuestro camino, pero que no es nuestra última palabra para decidir hacia dónde dirigirnos, el susto en el cuerpo no nos lo quita nadie. Y no está mal que nos lo den de vez en cuando.
Pero sobre todo cuando la mano que mece tu cuna es la misma que se tirará a tu cuello en el momento menos pensado, que vives con la sombra de tal sospecha y que dormirás el resto de tus días con un ojo abierto por si acaso, se arriba a la certeza de que realmente somos muy poca cosa como para ir bebiéndonos esos aires de grandeza a tragos tan largos, y a veces tan insaciables.
Si quienes te prometieron el oro y el moro no saben dar una respuesta clara y concisa cuando lo reclamas -pues para eso se hacen las promesas-, los esquemas se rompen y uno se siente como recién parido, sin fuerza en las piernas para salir corriendo.
Hace tiempo leí una crítica acerca de medidas adoptadas por la Dirección General de Tráfico. Haciendo propaganda de una inversión millonaria en las carreteras españolas de radares para controlar los excesos de velocidad. Hasta ahí, perfecto. Organismo que existe para controlar el tráfico, mantener la seguridad en las vías, y por ende la de los que circulan por las mismas, así que cuanto más azúcar, más dulce. Ahora bien, una cosa es gritar a los cuatro vientos lo guapo que uno es y el tipoque tiene, y otra intentar hacer comulgar con ruedas de molino al personal.
Dichas cámaras se colocaron en autopistas y autovías. Hecha la ley, hecha la trampa. Y choca que la trampa la haga precisamente quien hace la ley, pero es así. Estas son las vías en las que más velocidad puede alcanzarse, y en las que sin uno quererlo, de repente el pie se emociona y aprieta de más el acelerador. Hay que tener en cuenta que se debe lucir la más flamante de las sonrisas y ponerse bien guapo para la foto. Es decir, que han colocado radares en aquellos lugares donde es más fácil hacer "buen" uso de ellos, no por infracciones cometidas por conductores, sino porque la naturaleza por la que se circule imponga tal norma. Por tanto, la medida no puede considerarse, se mire por donde se mire, preventiva sino recaudatoria.
Ahora bien, una vez la gente ha conseguido localizar los radares y jorobar el negocio, por email me llegó el nuevo método implantado. Coches que están parados en el arcén, aparentemente averiados, con la señalización correspondiente para esta causa, y que en algún caso provocan doblar el cuello para comprobar que están ahí y realmente no se mueven, son trampas perfectas en realidad. Cuando se acaba de rebasar la tensión que provoca cruzarse con un radaar, cuando uno se relaja y se le relaja el pie a la par, entonces aparece el trasto que sólo camufla un nuevo radar, que por ignorarse tal circunstancia goza de la libertad de "cazar" a diestro y siniestro sin ninguna compasión. Evidencia tal comportamiento a las claras que las medidas adoptadas no se deben a la preocupación por mantener la seguridad en las carreteras, puesto que la cifra de muertes se convierte en un número al fin y al cabo para manejarlo año tras año en comparativas quienes tan a la ligera hablan de las mismas, sino para incrementar quién sabe qué arcas.
Estas son las manos que deben protegernos, las que además de no hacerlo se permiten el lujo de sangrarnos.
Y lo peor de todo es que lo sabemos, no lo ignoramos pero preferimos hacerlo, y mirar hacia otro lado, donde no haya coches averiados, distraernos con un paisaje por el que también tendremos que pagar cuando nos apetezca pisarlo. Todo llegará."
April 30 VIVA LA REVOLUCIÓN por Francine"Mis sueños son de papel, y cuando llueve se mojan, como todos los demás. La tinta se entristece y abandona, sumergiéndose en ese río que la llevará lejos de mí. El papel se arruga, se hace frágil y se vuelve vulnerable, y amenaza con desintegrarse para aparentar que nunca estuvo aquí, que nunca existió conmigo.
Así son mis sueños. Tan efímeros que apenas me da tiempo a soñarlos, tan fugaces que casi nunca creo que pueda hacerlos realidad. Pero los sueños sólo tienen raz-on de ser si van a ser cumplidos, si se va a luchar por ellos. Eso en cuanto a los sueños de verdad, no a las cimas a distancias imposibles, ni a las montañas de un grano de arena, que con escarpada pendiente nos ponen las cosas difíciles y nos complican la existencia, como si no nos la complicáramos ya nosotros.
Las divagaciones oníricas me sirven para alejarme un poco de la negrura con que se tiñe el futuro de la sociedad que habito. La sociedad que con el paso de los años y las vueltas de todas las vidas que la habitaron a lo largo de los mismos, antes que yo y después que yo, nos han legado y legaremos repleta de plazos, pagos, cobros, gravámenes por todo ó casi todo, banderas, metas que no elegimos y deberemos alcanzar, y absurdos que no nos llevarán a ninguna parte más que a la que todos debermos llegar algún día, sea más tarde ó sea más temprano, y en igualdad de condiciones.
No guardaría ninguna lógica que ahora me rebelara, me revolviera en mi sitio y pretendiera sacar los pies del tiesto. Pero precisamente cuando más cordura hay que mantener, es cuando debe empeñarse uno en seguir su propio camino, desmarcarse del resto y no sentirse parte de un rebaño que no mira más allá de sus narices, y por tanto no ve más allá de lo que le indica quien se erige en su amo y señor.
Por supuesto este discurso es vinculante sólo para mí. No me mostraré egoísta si alguien se siente arrebatado y quiere hacerlo también suyo. Pero no lo impongo ni con él critico a todo lo que no se le parece ó lo contraría. Hacer de la capa de cada cual un sayo, y justificar encima la vuelta de tuerca, es un arte que dominamos a la perfección, así que no hay más que ponerse manos a la obra y demostrar que del dicho al hecho no había un trecho tan inabarcable.
Mañana comienza el mes de mayo, lo cual no tendría más relevancia que saber que nos han robado una vez más el mes de abril, y que se acerca el estío con un calentamiento global por banda que no piensa tener compasión alguna. Pero este mes de mayo de 2008 tiene un significado especial, y es que haciendo las cuentas que tan poco me gustan, si le restamos 40 arribamos a 1968. Y si adoptamos la facultad de llevarnos de la mano adonde nos dé la gana, hará falta muy poco para plantarnos en el mmayo francés, el de la revuelta estudiantil.
Como sociedad contaminada que somos, y que ya éramos entonces, no sólo por culpa del humo de los coches ó los vertidos de los aerosoles, cualquier revolución tenía, tiene y tendrá los días contados. Pero no hay que olvidar que el verdadero objetivo de una revolución no es sobrevivir al naufragio, sino hundirse con el barco. Es levantar la voz, gritar bien alto, salir a la calle, sentirse una gran superpotencia por un rato, saberse libre, creerse fuerte para hacer un sueño realidad, aunque el de la victoria sea siempre inalcanzable.
Quizás creer durante un efímero instante que se tiene la sartén por el mango después de haber estado sorteando las llamas como buenamente se ha podido, es una recompensa lo suficientemente importante como para que valga la pena jugarse el tipo. Concebir a la raza humana como una especie en la que creer todavía por algún que otro raro ejemplar ó ejemplares que se unan a la lucha, es como ganarse otra vida en una partida a los videojuegos.
Nada importa que quienes encabezaron la revolución ocupen ahora puestos destacados de la europolítica ó disfruten de la buena vida; cada cual apechugue con lo suyo y rinda las cuentas que deba. Con los años uno se asusta, y prefiere la seguridad y la comodidad antes que las incertidumbres, y se le olvidan muchas cosas que hizo y que dijo porque ya no es conveniente recordar que fueron hechas y dichas. No son los grandes nombres los que hay que recordar, sino todos aquellos anónimos que contribuyeron a que un juego de niños que buscaba arena de playa bajo los adoquines, hiciera temblar las piernas de sus mayores.
Hoy día a ningún niño le interesa protestar por nada, porque tienen el bolsillo lleno con su propio dinero, ahí depositado con gratuidad para que mantenga cerrada la boca, haciéndole creer que con una pequeña moneda podrá comprar el juguete más grande de la tienda. Hoy día sólo contamos cuando nuestro peso en oro es importante, cuando cotizamos, contribuimos, producimos y lo damos todo a cambio de nada sin darnos cuenta. Hoy día sólo vales algo si tienes algo que ofrecer, y siempre que ese algo sea lo que se espera de ti; si es más, mejor, si es menos, te juegas la aptitud para respirar.
Sólo somos números, cifras, y sólo valemos en referencia a los números que podamos generar, sin que nadie se pare a rascar en la superficie por ver si reluce lo que hay detrás. Pero esto ya lo sabemos, y parece que lo aceptamos como algo con lo que hay que vivir como mejor se pueda.
Mis sueños de papel seguramente no tengan cabida en esta sociedad en la que sólo sirven los papeles que se firman y los que nos convierten en dueños de bagatelas y esclavos de ellos mismos. Papeles que nos atan como cadenas invisibles, aparentemente frágiles, pero sólidas y crueles. Papeles sin argumentos a los que deberíamos prohibirles que nos prohibieran nuestra libertad, o que nuestra imaginación tomara las riendas y subiera al poder.
El problema llegará cuando el niño que tiene una pequeña moneda en su bolsillo entre a la tienda plenamente convencido de que puede comprarse el juguete más grande, y le digan que realmente no puede adquirir nada con su capital. Podrá optar por ambicionar hasta el fin de sus días llenar sus bolsillos con papeles que condenen su destino a la dictadura que éstos imponen, ó renegar del juguete más grande de la tienda y buscar arena de playa bajo los adoquines de la ciudad."
"Y ahora que no quedan muros/ya no somos tan iguales./Tanto tienes, tanto vales./¡Viva la revolución!
-La Belleza-
Luis Eduardo Aute March 29 HACIA NINGUNA PARTE por Francine"Hoy día el mundo está desquiciado. Sé que no hago ninguna revelación trascendente que pueda cambiar el curso de la historia si es que alguien de las altas esferas, ó de las bajas -que las revoluciones siempre fueron cosa del pueblo-, me tomara en cuenta, pero quizás hoy no he podido callármelo, ó no me ha apetecido. Por mucha ong y mucha manifestación defendiendo desde el derecho de los animales hasta el no a la guerra, el alegato de las buenas intenciones de los que ponen la cara y se ganan su minuto de gloria sigue quedándose vacío. El cuento de que buenos somos pero el mundo nos ha hecho así, es un cuento baldío.
Como bien dijo Aute en su canción La Belleza, sin descubrir nada nuevo, pero diciéndolo en voz alta que es cuando uno se da cuenta de que realmente las cosas son de una manera y no de la otra en que se creía por pura inconsciencia, en esta historia que nos hemos montado -ó nos han montado- tanto tienes, tanto vales. Es triste que la talla de una persona de a pie, ya sin recurrir a la podredumbre de la gente que se haya viciado por encontrar entre sus manos poderes desmesurados, deba medirse por lo que dice su cuenta corriente.
Las cosas están mal. La demostración de lo mismo podríamos encontrarlo en muchos lugares del planeta, en muchas actuaciones y en muchas políticas. En palabras lanzadas al viento que avergüenza escuchar, que rompen los esquemas de lo que debería ser y no es, y que se acaban asumiendo como normales para, seguidamente, adoptar la cómoda actitud de mirar al otro lado. Y es que si las cosas no estuvieran mal no habría porqué batallar en campos de batalla que hastían, que ya no son ninguna buena razón para jugarse la vida. No habría que contemplar cómo en pleno siglo XXI, cuando uno juega con su móvil de última generación para perder el tiempo mientras aguarda llegar a alguna parte ó escucha música a través de su ipod, ó conduce su automóvil para llegar también a alguna parte, ó planea vacaciones paradisíacas en algún lugar, los niños con vientres abultados en África se ponen delante de la cámara sin tener idea alguna de lo que significa la palabra "televisión", y dejan capturar su imagen, en medio de la nada, con la única compañía de unas moscas impertinentes que ya ni siquiera se molestan en espantar de su lado. Esto por poner algún ejemplo.
Hablando de la erradicación del racismo, la xenofobia, la homofobia, ensalzando como valores muy propios y muy arraigados dentro de cada uno la libertad de expresión, de pensamiento, se nos ha llenado la boca hasta el punto de atragantarnos y ahogarnos con nuestra saliva para dejar sin validez cuanto decíamos de lengua para afuera. Quién sabe porqué, seguramente porque cuanto se decía no era cuanto se hacía, las diferencias entre un mundo llamado primero y otro considerado tercero -absurda clasificación; odiosa manía de clasificarlo todo para creer tenerlo controlado- se han acentuado cuando deberían haberse aminorado, ó tal vez escuché alguna vez, cuando me invitaban a creer en un mundo mejor, que ésa era la intención. Y no se han acentuado simplemente colocándole una tilde a la pobreza, explotación ó injusticia, bien grande y bien hermosa, sino que se han convertido en abismales.
Pero no hay más que mirarle el ombligo a esta cosa que se llama España, y que es el suelo que cada día pisamos, para comprobarlo. En virtud de esa posición de supremacía con respecto a los rincones del planeta más desfavorecidos, y por cuestiones como haber ingresado en una comunidad que promete pocas garantías de éxito, ó habernos cambiado a una moneda más "molona", nos hemos creído los más chulos del barrio. Y como para los chulos del barrio, siempre acaba llegando el tío de las rebajas para cobrarse los intereses creado por tanto egocentrismo barato, la cosa está clara.
Hoy día los lujos ya no existen. Bueno, siguen existiendo, como toda la vida, y no creo que desaparezcan nunca porque son la baza a la que la alta sociedad se agarra como si de un clavo ardiendo se tratara para diferenciarse del populacho que tanta grima le provoca, pero digamos que lo el error cometido ha sido convertir los lujos en normalidades. Quiero decir, nadie es quien no tiene un coche que le evite la ardua tarea de ir caminando a cualquier lugar de fácil acceso, mezclándose con la gente y descubriendo pequeñas cosas que encontrar a cada paso andado. Nadie se atreve a no ir cargado con un teléfono móvil que elimine su libertad de movimientos y no le tenga constantemente localizado, y esclavizado a una dictadura silenciosa que le exige dar la cara en todo momento. Nadie puede escaparse de compras de rebajas, ni de vuelos de bajo coste, ni de pantallas planas ni de ordenadores portátiles. Una de las cosas más irracionales es que más de la mitad del planeta, para la que de vez en cuando salimos para pedir igualdad, la igualdad que nosotros mismos hemos dictaminado, no conocen de la existencia de todos estos materialismos.
Así, es irrefutable que todo bicho viviente de la esfera del mundo reservada a los afortunados debe ser propietario de un hogar. Eso sí, de un hogar que cumpla todos los requisitos que hoy día se exigen, que nos hemos hecho animales de "morro fino" y no nos metemos a comprar un piso que no tenga calefacción y aire acondicionado, televisión por cable, internet, etc. Aunque por ello nos cobren una cantidad desorbitada, con la que nunca podríamos haber soñado reunir, y con la que nunca podremos soñar. Bueno, soñar con ella soñaremos desde el momento en que solucionemos el problema firmando una hipoteca que no podremos pagar nosotros y deberán continuar los que vengan, y que se convertirá en una pesadilla recurrente para el resto de nuestras vidas.
Ahí empieza el problema más grave en el que se ha embargado esta cosa que se llama España. En una población que ha firmado hipotecas a diestro y siniestro, condenándose por un montón de años. Don dinero y sus secuaces, los bancos de cada esquina, han ganado la partida sin despeinarse. Ahora bien, la gente que presumía de libertad de expresión y movimientos ha quedado atada de pies y manos. Puesto que cuando uno se acostumbra a lo bueno, es muy difícil renunciar a ello, el nivel de vida -adquirir coches mejores, hacer viajes más exóticos, comprar teléfonos móviles más sofisticados- no descenderá, y la soga irá cada vez ciñéndose más al cuello por no poder hacerse frente a muchos caprichos que antes eran simples bagatelas y ahora supondrán más sacrificios a la hora de conseguir. Habrá que firmar renuncias que harán descender el consumo, y las letras habrá que pagarlas de alguna manera, así que subirán los intereses -como ya están subiendo- y la espada nos empujará cada vez más a la pared. Crisis, a eso se le llama crisis. A querer llegar donde no se puede, y quedarse en el camino con un fracaso entre manos. Ó una pescadilla que se morderá la cola y nos dejará los huesos.
Así que, en vista del panorama que se nos echa encima y que acabará salpicando a todos, después de habernos creído invencibles y los reyes del mambo, por mucho que juguemos con nuestro móvil de última generación para perder el tiempo, ni escuchemos música a través de nuestros ipods, ni corramos a lomos del coche más moderno y rápido, ni viajemos a los destinos más exóticos, conseguiremos llegar a ninguna parte." February 29 MENTIRAS DE PAPEL por Francine"Se acercan las elecciones, y como siempre, no pienso votar. Tampoco pienso ver ningún debate electoral de esos que se anuncian a bombo y platillo. Como todo lo que sale en la caja tonta, supongo que serán circos nada más en los que los políticos se muevan como marionetas y bailen descompasados al son que les piten. Luego vendrán oleadas de opiniones y controversias que no dejarán nada claro, como no lo habrán dejado los otros. Pero habrá gente que crea en la palabrería barata y la papanatería, y piense que aún se puede arreglar algo.
Parece que el país queda dividido entre los dos partidos mayoritarios, que nadie tiene que decir nada más, que se restringe la capacidad de pensar y opinar a ellos dos en exclusiva. Como en fútbol, que parece que sólo interesa cuando son el Barcelona ó el Madrid quienes juegan, quienes pierden ó ganan, quienes hacen fichajes ó quienes suben ó bajan en la clasificación.
La pluralidad siempre fue algo que me hizo disfrutar porque en la diversidad es donde se encuentran las cosas que a uno le gustan realmente, y que de otro modo no podría haber encontrado, pero ya que estamos metidos en este juego de dualidades, lo que me preocupa en realidad es que nada de cuanto sale por la boca de quienes defienden posiciones sea tranquilizador, consecuente ó inteligente al menos. Cruzar insultos, amenazas ó echar en cara errores pasados ó venideros, que es loq ue supongo que está sucediendo, no es hacer política. Y como de un tiempo a esta parte había perdido la fe en la raza humana, aunque alguna sorpresa que otra me haya hecho no renegar del todo, la especie política sigue dándome mucha grima.
¿Acaso no es errar de humanos? ¿Acaso un médico no tiene la obligación de curar y no cura? ¿Acaso un abogado no tiene la obligación de defender al acusado, y no puede evitar que en ocasiones éste sea condenado? Echarse en cara todo eso es un juego infantil y sucio que no aporta credibilidad alguna, y mucho menos cuando quienes deben ganársela son quienes quieren tener un país entero en sus manos. Da risa.
Recordando, y escuchando alguna que otra canción que hablaba de ello, me he puesto a pensar en que quien ocupa un cargo político, ó autoritario, llega a tener en las manos un poder que es demasiado peligroso; pero eso ya lo sabíamos, y continuamos permitiéndolo. Como hitos históricos se recuerdan las manifestaciones que años atrás gritaron que no a la guerra injustificada, a la guerra porque sí, y como héroes se consideran aquellos cuyas garganteas se erigieron para decirlo. Pero eso ya había pasado antes. Cuando hubo otra guerra injustificada, la de VIetnam, y miles de jóvenes salieron a la calle, se manifestaron y gritaron antes que esa guerra no, que esa guerra tampoco. Y hubo guerra, larga guerra, y hubo muertes, muchas muertes, y no sirvió para nada.
Mucho peor resulta cuando es el propio gobierno de un país el que enerva los ánimos de toda una nación -sigo sin justificar ese término para calificar como tal a un trozo de tierra, que bien podría ser de otra manera-, y les conduce a las medidas desesperadas, ó bien pensadas y bien medidas para obtener cuantiosos y jugosos resultados.
En estos tiempos nuestros que corren sin que podamos detenerlos y que cada vez se vuelven más locos, el pistoletazo de salida pareció darlo la caída de las Torres Gemelas, en pleno corazón de New York, y recién estrenado el siglo veintiuno. A partir de aquí se nos metió un miedo en el cuerpo a unos, y unas sedes de venganza a otros, que no fueron a dar más que con generar nuevos problemas. Había que demostrar que occidente no se amilanaba, que la herida abierta debía cicatrizar a fuerza de abrir otras heridas, que había que vengar tal injusticia, que lo fue, no lo pongo en duda, a como diera lugar, que el mundo volvía a dividirse en dos y entrábamos al trapo.
Y como señalar a un tal Bin Laden y atemorizar al planeta con su presencia no pareció suficiente, se recurrió a un régimen talibán por el que nadie se había preocupado antes, y a unas mujeres con burka de las que nadie se había acordado nunca como buque insignia para darle credibilidad a una invasión al más puro estilo bárbaro, por mucho método sofisticado que se utilizase. Y como si de los hombres estigma es tropezar, no dos sino muchas veces con la misma piedra, la historia se repitió de nuevo eligiendo otro objetivo y contando otras mentiras.
La especie se veía amenazada y había que ejercer de superhéroes. La ciudadanía de a pie, la que se quedaba aquí enterándose por el telediario de las guerras que acaecían como si de otro espectáculo más se tratase, se conformó con monumentos que justificaran las masacres en la lejanía, donde nadie llora a los muertos, y donde también los ha habido, homenajes y canciones compuestas para la ocasión. De ahí a caer en el morbo había que dar sólo un paso, y nosotros, cómo no, lo hemos dado.
Pero mientras tanto, África sigue expoliada y sometida, sembrada de conflictos a los que nadie les pone fin y por los que nadie clama venganza, y prometiendo un futuro del que salen corriendo quienes la habitan, jugándose la vida y perdiéndola en la mayoría de las ocasiones. China vive entre pobreza e intentos de dejarla atrás que pocas veces llegan a fructiferar, considerando a su población como una máquina a la que explotar, que ni siente ni padece, sin garantizarle siquiera unos derechos humanos dignos. El resto de Asia navega todavía entre subdesarrollo, analfabetización, miserias e injusticias sociales. Eso por no hablar de la vieja Europa, que parece haberse olvidado de su parte del Este, aún en ruinas, aún devastada por guerras que tampoco interesaron cuando tuvieron lugar, porque no interesaba que interesasen, con la huella de la desolación cosida a la piel de todos los que la habitan y aún recuerdan el caos en que vivió sumida.
Son la parte olvidada del planeta. Los que podían y pueden ser pisoteados, maltratados, vapuleados por la vida y las decisiones de quienes gobiernan, los que no se lo merecen pero la vida es así. Y por ellos nadie erige monumentos, nadie declara zonas cero, nadie rinde homenajes, nadie clama venganza. Ellos tienen la desgracia, encima de todas las que les cayeron, de haber sido olvidados como hijos de la tierra.
Saramago dijo cuando en Madrid se gritó a la guerra que la opinión pública, las decisiones que cada uno tomamos en el seno de nuestras conciencias, constituyen una gran potencia mundial que puede enfrentar con las mismas garantías de éxito a los que creen tener siempre la última palabra.
Así que haciendo uso de mi derecho a la voz, y no así del voto, yo me bajo de este barco. No juego. Porque de sobra se nos ha demostrado que la clase política no da la talla, y no quisiera ser cómplice de nuevas desgracias y nuevos despropósitos, ganen los de un color ó de otro. Yo prefiero pensar que algún día abriré los ojos, y todo irá bien, y podré tocar con la punta de algun dedo la utopía." February 01 MUJERES AL PODER por Francine"Hablar de machismos y feminismos a estas alturas de la película sería, cuanto menos, un despropósito. Empezando porque, como siempre, los asuntos son mucho más fáciles de ver y hablar en la teoría que en la práctica, pues las letras del papel no salen corriendo; tenemos poder sobre ellas para dejarlas quietas y cumpliendo nuestra santa voluntad. Siguiendo porque por mucho que pasen los años y la vida, el poso del vaso sigue siendo el mismo y las cosas siguen siendo -más más que menos- igual. Y terminando porque al final y resumiendo, somos las propias mujeres, las que reivindicamos nuestros derechos, las que acabamos preparando el terreno para que las que tengan que venir detrás se encuentren lo mismo que nos hemos encontrado nosotras.
Las ha habido más radicales y más moderadas; las feministas, digo. Las que han puesto toda la carne en el asador y las que han aprovechado la coyuntura para no dejarse arrebatar ni un milímetro del universo femenino. Las que venían de lejos y habían visto y sufrido en sus carnes el sometimiento al sexo masculino, con tratos vejatorios, con humillaciones, con robos de dignidad a plena calle y con la luz del sol bien resplandeciente, ó con todo el cariño y respeto del mundo, tenían mucho que pedir y un hartazgo pasado de tuerca que pedía paso a gritos para reivindicarse de una vez. Muchos han sid los casos a lo largo de la historia de mujeres que han debido remangarse las mangas de su camisa y partirse la espalda, el pecho y lo que hubiera hecho falta al tener que sacar adelante a su familia. Sin embargo, su papel a lo largo de la historia, obviando hechos heróicos de tal calibre, quedó siempre relegado al plano del hogar, cuando a su igual en el sexo contrario se le reconoció todo mérito, y más. Su papel quedó sentenciado a un hogar que cuidar y limpiar, y tener siempre dispuesto, y a una familia a la que sacar adelante siempre desde el segundo plano, sin reconocimiento explícito en muchos casos. Un hogar del que no sería reina, porque no habría para ella corona que ceñirse por él cuando los papeles dijeran que le pertenecía a quien llevaba el dinero a casa, que parecía ser el único que lo sacaba adelante. Eso por no hablar de tiempos y geografías cercanas ó lejanas. Que si nos explayáramos en el tema podríamos hablar de mujeres árabes que todavía hoy deben cubrirse con un velo en el mejor de los casos, ó con un burka en el peor; de las mujeres chinas que no podían dar jamás opiniones ni hablar cuando sus maridos estuvieran presentes, y cuya única misión era la de agradarles a ellos hasta "merecer" su desprecio al ajarse con el tiempo y aceptar que iban a ser sustituidas por otras más lozanas; ó la de la propia futura emperatriz de Japón que se casó con el heredero al trono bajo las condiciones de caminar siempre un paso detrás del que éste diera y no abrir la boca en público cuando él estuviera delante y un largo etcétera de razones que la anulaban como persona por el hecho de ser mujer, y la alzaban a la categoría de florero.
Por la sociedad civilizada las cosas andan un poco más livianas. Hace mucho que dejó de ser un escándalo que las féminas vistiesen también pantalones, ó que desempeñasen oficios reservados -en otra norma nunca escrita- para los hombres.
Pero la realidad es, que a día de hoy, con lo que somos y con lo que hemos sido, todavía hay casos en los que el salario para un mismo puesto varía a la baja si es una mujer la que lo ocupa; ó siempre queda la respuesta fácil de mandar a fregar los platos a una mujer cuando ésta se coloca en el ojo del huracán por ocupar un lugar "destinado" a un hombre.
Afortunadamente sí que podemos decir que nosotras respondemos por nosotras mismas. Que para viajar al extranjero no necesitamos autorización paterna ó marital, ni tampoco para firmar una cuenta en un banco ó cualquier otro tipo de documento. Ahora bien, frente a esa manía de equipararse a los hombres que nos ha dado, yo declaro abiertamente que estoy en contra. Porque si la naturaleza, la más sabia de todas porque mujer tenía que ser, decidió que fuéramos nosotras y no ellos las que trajésemos vidas a este mundo, yo no pretendo renunciar al placer de sentir crecer una vida en mi interior, por mucho que eso restrinja mis posibilidades profesionales futuras al necesitárseme más que al otro progenitor, porque sean ellos quienes pasen por un rato de sufrimiento. Tampoco pretendo hacerme la fuerte ni la valiente y ponerme a emular a cualquier caballero llegando hasta donde no pueda llegar porque mi cuerpo enclenque no tenga la misma fuerza y resistencia que la que ellos, por naturaleza, suelen tener. Alabo a las que lo hacen, conste, pero yo no tengo ningún interés en hacerlo. Y tampoco renuncio al hecho de acicalarme y suscitar miradas y piropos, que lejos de resultarles insultantes a mi condición de mujer hecha y derecha, independiente y segura de sí misma -sólo en algunos casos- y clavarme en la palestra como un pedazo de carne con ojos, me hicieran resultar atractiva, deseada ó querida, que eso siempre gusta, y a todos por igual.
Es cierto que a veces nuestra calculadora mente nos convierte en enemigas de nosotras mismas, y bajo argumentos novedosos pero poco convincentes, decretamos un veto para nuestra condición femenina sin ningún motivo válido. La sociedad, en sus años de andanza como contemporánea, ha conseguido muchos adelantos, y muchos atrasos también, dicho sea de paso, al mismo tiempo que no ha conseguido mover de su sitio cosas que deberían haber sido movidas y no ha habido manera, pero qué le vamos a hacer, somos así. De hecho, por muy liberadas que estemos y muy listas que seamos, siguen muriendo mujeres asesinadas vilmente a manos de quienes decían amarlas. Y en otros casos, sin embargo, el hombre limpia, friega, plancha, hace la comida y lo que haga falta, porque considera que tiene la obligación de contribuir en la misma medida al hogar que se sustenta sobre unos argumentos que deben de ser lógicos.
El otro día, motivo de tal reflexión, me planté ante un bote de aceitunas enanas que estaba cerrado al vacío. Me encontraba sola, como suele ser últimamente la tónica general de mi existencia, y al primer intento por hacer girar la tapadera del mismo, casi se me cayó al suelo porque mis manos resbalaron por su superficie -propio de mi naturaleza patosa, que no fue sabia en este caso-. Al segundo, simplemente ni se inmutó la misma. Varias tentativas más tarde me llevaron a poner en marcha el intelecto y hacer uso de la maña y dejar a un lado la fuerza, que no es mi fuerte -valga la redundancia-, hacerme con una cucharilla de café con la que ahuecar la tapadera y por fin liberarla de la presión y así poder abrir el bote con éxito; las aceitunas estaban riquísimas. Seguramente un hombre también habría recurrido a la idea de la cucharilla, pero de haber estado acompañada de uno, le habría pasado la patata caliente para que él se ocupara. Así, me demostré que para abrir un bote de aceitunas me valgo y me sobro, y no necesito a nadie. Para el resto de cosas, seguramente una mano no me vendría de más, ni un abrazo ó un beso. El secreto, pienso yo, no está ni estuvo nunca en confrontarnos, sino que ocupando cada cual su sitio y siendo dueños de su terreno, sepamos compartir y tomar lo que mejor nos viene de la otra parte. Simplemente, ser inteligentes."
December 31 MUSICA BAJO LA CIUDAD por Francine"La ciudad es un hervidero. Se llena de gente por la mañana y por la noche; gente que acude a cumplir obligaciones puntuales todos los días, gente que al mismo tiempo que las cumple decide divertirse con ello, gente que sólo se divierte. Gente que sólo va de paso, gente que ha echado raíces allí, gente que viene y que va. La ciudad no duerme ni despierta, funciona las veinticuatro horas del día, las ciento sesenta y ocho de la semana. Por sus inmensas calles se cruzan viandantes que nunca se miran a los ojos, que evitan los de las personas con las que se cruzan; cada uno es un mundo y es difícil entrar en el de los demás, y dejar que entren los demás en el propio. Demasiada gente para la desconfianza creada en el ser humano a fuerza de experiencias propias y ajenas que configuraron la realidad de nuestros días como una selva en la que hay pocas referencias de honrada conducta. Sin embargo, siempre queda un lugar para la incertidumbre, un pequeño resquicio que alberga la esperanza de obviar el estigma cainita que nos define para conceder una oportunidad.
La vida se ha convertido, entre tantas reglas y tantos modelos de sociedad probados y por probar, en una tediosa rutina. Hay un tedioso conjunto de metas que alcanzar, comunes para el mundo entero, excepto para aquellos que no pueden siquiera soñar con ellas,
La vida se ha convertido, entre tantas reglas y tantos modelos de sociedad probados y por probar, en una tediosa rutina. Hay un conjunto de metas que alcanzar, comunes para el mundo entero, excepto para aquellos que no pueden siquiera soñar con ellas, y no conocen ni su existencia. Injusticias por doquier a las que se hace la vista gorda, que se convierten en noticias de cada día, con las que levantarse, ó sentarse a comer ó cenar, y que ya no provocan sustos en el alma ni indignación. Somos también así, si las cosas están de tal manera somos capaces de adaptarnos las situaciones sin demasiado problema, nos toquen ó no de cerca.
De un tiempo a esta parte, España se ha convertido en un país variopinto. No sólo lo pueblan oriundos de la tierra, sino que sus fronteras han abierto la mano para otras muchas nacionalidades. En ello se ha encontrado muchas veces un conflicto. Distintas culturas, distintas ideologías, distintas religiones han propiciado en no pocas ocasiones que la mecha se prendiera a la primera de cambio, dejando a un lado el raciocinio y la comprensión; la toleración que es necesaria para que el experimento llegue a buen puerto y dé óptimos resultados. Pero si nos damos golpes en el pecho bajo el lema de que un vaso de agua y un trozo de pan no deben negársele a nadie, y no los negamos en la teoría, ¿quiénes nos hemos creído para negarles el trozo de tierra sobre el que se encuentre? Quizás por haber cometido el error de creernos dueños de la misma, amos y señores, pensamos que sólo nosotros debemos imponer las condiciones, y que los demás deben acatarlas si quieren permanecer aquí.
La emigración se ha convertido en un problema porque por la educación recibida y la costumbre acumulada, la intransigencia hace mella en nosotros, despìerta nuestro lado más egoísta y hace brotar los racismos, las xenofobias, las irracionalidades.
Yo, desde mi humilde opinión, y declarando que en ocasiones los prejuicios me han conducido a pensar ó actuar erróneamente, pienso sin embargo que el fenómeno del que he hablado podría ser más provechoso para todos nosotros de lo que pensamos. Y me baso para afirmarlo en que deberíamos sacarle partido a la variedad de culturas, de costumbres y hábitos que no conocíamos y ahora tenemos la posibilidad de conocer, ampliar nuestros conocimientos y nuestros horizontes con ello, ser personas más cultivadas, más informadas, más inteligentes. Al mismo tiempo, está claro que con las generaciones futuras también vendrán otras consecuencias, como es el mestizaje. Porque nuestros hijos, y los hijos de nuestros hijos, entrarán en contacto con gentes de rasgos diferentes, de colores de piel variados, y se mezclarán con ellos, ser harán amigos, se enamorarán, procrearán, y la riqueza será física además.
Supongo que para que suceda todo esto aún falta demasiado. Falta que el encontrarse con un sudamericano, un africano, un paquistaní, un chino, un árabe suponga la normalidad, no algo que se debe a que han venido de otra parte del planeta y les hacemos el favor de residir aquí. Porque quienes aquí están no tienen más motivo que venir persiguiendo esa vida mejor, ese estado del bienestar que no pueden alcanzar en sus países de origen; hecho al cual hemos contribuido indirectamente los que hemos nacido en este primer mundo. Para los que vengan detrás de nosotros no habrá juicios por la procedencia, porque sus semejantes serán tan legales como ellos, con todos sus derechos y todas sus obligaciones.
Para ilustrar un tanto cuanto enuncio, relato una breve historia. Como ciudadana del planeta, porque ahora estoy aquí y no allí, y como una más de los que antes he mencionado, volvía a casa tras cumplir obligaciones como todos los días. Con la mirada apagada, como sucede cuando la rutina te atrapa y no te deja convertir cualquier nimiedad cotidiana en algo excepcional, y ganas de llegar de una vez a casa después de unas diez horas de media fuera de ella, el transporte público elegido -el metro- me negó un asiento libre. Tampoco me importó, porque tal agravio no era suficiente para que un día gris se hiciese más gris de lo que ya era. Con los auriculares perfectamente insertados en mis oídos, no le prestaba atención a todos los viajeros que compartían trayecto conmigo. Me había convertido en alguien que ya no observaba, que no miraba a los ojos de las personas que se cruzaban conmigo. Tenía por delante nueve estaciones con sus nueve paradas, y de una a otra la oscuridad de un túnel que antes invitaba a soñar, y ahora simplemente me servía para pensar en mis cosas. De pronto, a mitad del viaje subieron un par de personajes cargados con sendos acordeones. Nada más arrancar el metro de nuevo, comenzaron con su concierto improvisado. De antemano sabían que no habría aplausos de recompensa, si acaso unas cuantas monedas generosas que contribuyesen a mejorar mínimamente su economía y alimentar su ego profesional; nunca pensando en haber suscitado lástima con sus notas. Retiré la música de Queen, que hasta entonces me había servido de compañía para entretenerme y acortar el tiempo, y puse toda la atención del mundo mientras otros trataban de aparentar que aquello no estaba ocurriendo en realidad.
A la par interpretaron canciones de toda la vida. "Historia de un amor", "Caminito", "Tres palabras", y muchas más que no recuerdo. Canciones que sería muy difícil escuchar hoy en día de un modo tan espontáneo, y tan vivo y tan en directo como sucedió entonces. Canciones que se han escuchado en algún momento y que no es difícil atraer a la memoria y disfrutar escuchándolas. Canciones que han sobrevivido al paso de los años, de las tendencias, de las modas, y que suenan en nuestras cabezas con la etiqueta de eternas.
Nos las regalaron sin exigir nada a cambio. Sin pedirnos el importe de una entrada, ni las cuotas de un cánon. Luego pasaron a recoger los frutos de su trabajo, y sólo unos cuantos les devolvieron en forma del vil metal todo lo que ellos nos habían aportado en un momento. Cada uno de los preciados donativos fue agradecido con una flamante sonrisa. Duraron dos estaciones de metro más.
Alegraron mi existencia por un momento. Por regalarme un trocito de bienestar, de armonía, unas canciones que me gustan, que siempre me gustaron y que siempre me gustarán, a pesar de lo que digan las modas, las tendencias y los entendidos. Me devolvieron a un mundo donde las ideas danzan de un lado al otro y tan sólo basta con estirar una mano para cazarlas al vuelo, donde la imaginación es la directora de orquesta, donde se puede disfrutar con algo más que no sea tangible y canjeable, donde se da sin esperar recibir nada a cambio.
Todos los artistas callejeros, quienes se alojan en una esquina brindando su arte a través de un instrumento musical, de un cuadro, de un libro, de unos malabarismos ó de mantenerse quietos como una estatua, sacrifican un puesto fijo y cobrar a fin de mes, por la incertidumbre de un público que no está obligado a prestarles atención ni recompensarles como se lo merecen. Desean vivir de su arte y no tienen otro modo de hacerlo, porque el mundo de los artistas también se ha convertido en un mundo de burocracias de rutinas. La mejor manera de vivir del arte es ofreciéndolo a los demás, mostrando lo que sale de uno mismo, trasladando del mundo de los creadores al de los no creadores, para que ellos disfruten de la obra, tanto como los primeros disfrutaron elaborándola.
Los músicos del metro eran inmigrantes, pero no hubo prejuicios de mi parte para ellos, ni reprobaciones, sólo agradecimientos por llenarme las manos de bellas melodías, por recordarme que el mundo que se aleja de la cotidianeidad que nos esclaviza todavía puede existir, que mirar a los ojos de otros puede abrir las puertas de nuevas realidades que compartir. Por demostrarme que hay todavía oportunidades para seguir soñando, porque existen rincones, momentos en los que puede llegar a escucharse música bajo la ciudad."
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