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26 gennaio

MI OTRO LUGAR DE RECREO

Aquí dejo la dirección de mi otro blog, en el que me voy a dedicar más a escribir de mis andanzas, pues a éste le encomiendo la misión de que lo que en otra parte son palabras, aquí quede ilustrado con imágenes.
Dado que sé a ciencia cierta que es escasa, poquísima (a veces creo que sólo una persona me guarda fidelidad) la gente que visita este pequeño rincón al que yo me asomo para darme a conocer, pues no tengo miedo de  indiscreciones. Y tampoco lo tendría si cuanto he dicho fuese al contrario, porque de todo lo que digo respondo sin ningún problema, y para mí no hay molinos ni gigantes tan grandes ni fieros como para callarme la boca. Otras cosas me asustarán, pero defenderme, nunca.
 
20 gennaio

MI GRAN MOMENTO RACHEL

Hace falta estar muy poco tiempo a mi lado para apreciar acertadamente que una de mis pasiones no son los integrantes del reino animal. Qué vamos a hacerle, cada uno tiene sus manías, y entre las mías se encuentra ésta. Sin embargo, en las situaciones límite hay que hacerse el fuerte, y por lo menos se intentó.

Mediaba el mes de julio y me encontraba en Playa Lisa. Se suponía que mis vacaciones en tal lugar se limitaban sólo a una semana, pero una avería en el cuarto de baño me obligó a prolongarla. Esperando la llamada del fontanero -que es alucinante comprobar cómo se hace de rogar- para anunciarnos su visita (estaba en la playa con mi prima María), aprovechábamos esa prórroga para nuestra vuelta a la rutina y hacíamos una vida muy tranquila (prácticamente vida de perro). A lo largo de toda la semana habíamos tenido compañía, pero en ese momento estábamos solas. Aunque... dos mujeres solas sobreviven perfectamente hoy día... ¿no?
El caso es que después de cenar me disponía a sacar la basura al contenedor de enfrente, y aquella tarea tan doméstica que sólo era un trámite más con el que cumplir, se convirtió en una heroicidad. El apartamento en que estábamos es una casa baja con dos plantas; nosotras ocupábamos la de arriba y para acceder a la calle tenía que bajar por unas escaleras. Así que emprendí la marcha con ánimo, sabiendo que a la vuelta nos iríamos por ahí, y de repente captó la cola de mi ojo el movimiento de un ser extraño cerca de la puerta de la calle. Había dos sillas de playa apoyadas en la pared, lo cual entorpecía mi visión y hasta podía haberla engañado, pero estaba segura de que un ser vivo se había atrevido a campar a sus anchas por donde yo tenía que pasar. Me paralicé ante tal certeza y llamé a mi prima con un grito aterrado. Cuando ella asomó por lo alto de las escaleras, me encontró con el pie izquierdo sobre el cuarto escalón antes de llegar al final, el derecho en el quinto, la bolsa de basura en la mano y el resto del cuerpo conteniendo la respiración. Hice un leve movimiento para mirarla y decirle: "Creo que ahí abajo hay una cucaracha". Y entonces a ella le cambió el gesto de intriga por otro de pavor, y exclamó: "¿¡¿¡¿Qué?!?!?!". Le indiqué que mirase hacia donde yo señalaba, y la cucaracha volvió a pasar rauda para confirmarnos su presencia, y hacernos una declaración de guerra en sentido estricto.
Mi prima procedió a la primera estrategia de ataque: el cucal. Desde diez escalones más arriba que yo, empezó a pulverizar la zona (sin tener en cuenta que yo estaba en su radio de alcance, además de la cucaracha). Y yo, mientras ella ejercía la distracción, subí corriendo para dejar la bolsa de basura y hacerme con una escoba.
Cogí aire y emprendí la marcha escaleras abajo. Superé a mi prima y llegué hasta dos escalones por encima de la cucaracha. Mi prima dejó de echar cucal a granel (yo ya podía sentir el efecto del mismo), y yo apunté bien cuando tuve a tiro al bichejo. Le di un golpe seco confiando ciegamente en mi buena puntería. Creía que tras el mismo, la cucaracha estaría agonizando bajo las cerdas de la escoba, y apretaba fuertemente contra el suelo para que ésta no tuviera una segunda oportunidad cuando la levantara. Pero de repente, la vi salir de entre las mismas tan campante. Y cuando fui a sacudirle de nuevo con mi arma en picado, implacablemente, me quedé con el palo en la mano (el cepillo había salido volando), y la cucaracha se atrevió a retarme incluso, subiéndose al primer escalón.
Mi prima y yo emprendimos la retirada a toda leche (creo que  no he subido unas escaleras tan rápido nunca), pero yo fui a por la segunda escoba que había en la casa. Era mucho más pesada, y -muy importante- no se saldría el palo del cepillo como con la otra porque ésta era una sola pieza, así que estaba segura de que esta vez la  maldita cucaracha no tendría tanta suerte.
Cuando volví a descender por las escaleras -mi prima me cubría la retaguardia armada con el cucal-, la cucaracha había osado trepar por una de las paredes, la de la derecha. Vi el golpe perfecto en mi mente, y no dudé en materializarlo. Cogí la escoba como si de un bate de béisbol se tratara, y me metí en la piel de un americanísimo que ambiciona dar el mejor golpe de su vida para ganarse el honor de la patria (así son los americanos). Le sacudí tanto a la pared con aquel armatoste que temblaron los cimientos de ese edificio, y de los contiguos (esas casas mil años en pie, era lógico). Pero la cucaracha, perfectamente adiestrada, desplegó sus alas, dio un salto y esquivó el golpe magistralmente. A mí se me escapó la escoba de la mano (porque permanecía apostada en las escaleras, a un margen considerable del suelo firme, y tenía bastante restringidas las maniobras), y ésta golpeó contra la puerta, se atravesó en la misma y le dio a las dos sillas de playa, que cayeron al suelo armando un estruendo atroz.
Después de todo aún vimos al indemne bichejo correteando por el suelo, pero como había tanto trasto por enmedio, sólo le quedaba un recuadro pequeño para moverse. Aproveché entonces y así el cucal. Rocié el recuadro y todo el radio de acción que hubiera podido ocupar el infame animal, emprendiendo una guerra bacteriológica en toda regla.
Su agonía se traducía en dar vueltas cada vez más rápido en el pequeño espacio que le había quedado como redil.
Nosotras ya sabíamos que no podríamos salir aquella noche, porque aparte de la cucaracha, el zafarracho montado y una nube tóxica nos impedían el paso.
De pronto, empecé a sentir que, como a la cucaracha, a mí también me faltaba el aire y la visión se me hacía borrosa. Había inhalado demasiado cucal (es lo que tiene estar en primera fila de combate), así que salí al balcón para respirar aire puro.
Al día siguiente bajamos totalmente acojonadas a recoger el cadáver de la cucaracha, que estaba totalmente intoxicada y había estirado todas las patas.
En fin, creo que ha quedado suficientemente claro que el reino animal no es lo mío. Fuimos unas patanas absolutas aquella noche, pero lo mejor de todo han sido los ratos de risas posteriores al contarlo.
Y después de todo esto, seguro que surge la pregunta del millón: "¿Por qué no le disteis a la cucaracha con una zapatilla????". Y yo respondería: "Buena pregunta".
 
 (...Hasta ahora esta historieta era un secreto...)