Mara's profileLA IMAGINACIÓN AL PODERPhotosBlogListsMore Tools Help

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    November 24

    LO QUE PUDO HABER SIDO... Y NO FUE por Francine

    "Si digo Sharbat Gula, nadie sabrá de quién hablo. Si hablo de Steve McCurry, casi nadie lo sabrá tampoco. Si menciono National Geographic, empezarán a encenderse algunas bombillas -que no todas-. Y como una imagen vale más que mil palabras, si muestro la foto de los ojos verdes más bellos que una cámara fotográfica haya capturado jamás, si sigue sin sonarle a la inmensa mayoría, dará igual porque caerán irremediablemente rendidos ante ese retrato.
    En junio de 1985, National Geographic publicó en portada la foto de una niña, que mundialmente se dio a conocer durante diecisiete años como "la niña afgana", hasta que el mundo descubrió que su nombre era Sharbat Gula. Steve McCurry, el fotógrafo que la capturó, aquél con el que se enfadó por invadir su timidez, el único que la retrató en su vida, publicó un reportaje sobre los refugiados afganos durante la invasión soviética. Marchó al campo de refugiados de Nasir Bagh, en la frontera con Pakistán. Allí encontró un mar de tiendas de campaña, gente horrorizada; se habían encontrado cara a cara con la guerra y les había secado el alma, ya para siempre. Y en una de las tiendas, donde estaba instalada la escuela, entró a husmear y se encontró con su ángel de la guarda. Apretó el botón, la máquina hizo "click", y ahí empezó todo. Sin tener idea de que en el carrete donde se guardaba esa foto había un tesoro, la reveló y fue portada; como ya he dicho, la portada de junio de 1985.
    Durante diecisiete años, la niña afgana no ha tenido nombre ni apellidos, no ha cumplido años ni vivido. Tal y como Steve McCurry la secuestró con su cámara es como se recordó. Nadie se preguntó nunca qué había sido de ella, hasta que alguien se lo preguntó. Se dice que McCurry sintió remordimientos por haber ganado una fortuna a costa de la foto, mientras la protagonista de la misma, la verdadera artífice de aquel milagro de belleza estético no había disfrutado ni un poco de la riqueza que generó. Supongo que haberse desentendido de ella durante diecisiete años, haberla dejado abandonada a su suerte tras hacer su trabajo, después de todo lo que ella le había dado a él a cambio de nada, después del lucro cometido, Steve McCurry pensó que tenía una cuenta pendiente con ella, y que debía saldarla. Pero enseguida, casi automáticamente, se le dibujó el símbolo del dolar en las pupilas de los ojos, y pensó que encontrarla sería una buena historia; el reencuentro sería una historia rentable todavía. Lavaría su conciencia, lavaría su nombre -si es que alguna vez alguien lo ponía en entredicho- e incrementaría su cuenta corriente. Un montón de pájaros cazados de un sólo tiro.
    Comenzó la búsqueda. El último dato era el campo de refugiados de Nasir Bagh, y de allí se siguió el rastro hasta dar con ella en una pequeña aldea de Afganistán, cubierta con un burka violeta, siendo una tradicional pastún treintañera, madre de tres hijas. McCurry había cumplido con su misión. Tenía su reportaje, su nueva foto, su niña afgana que se había hecho mujer y había perdido en todo, sin saberlo, su conciencia en paz, y su cuenta corriente engrosada. Todo perfecto. Sin embargo, el tremendo agravio que nos dejó a nosotros, el resto del mundo que observamos lo que nos muestran todos los que llegan allá donde no podemos llegar los demás, no podremos perdonarlo jamás.
    Dicen que la niña afgana de McCurry se convirtió en el símbolo de los refugiados de cualquier guerra. Mienten. Dudo mucho que al contemplar esa foto, por primera ó por enésima vez, la asociemos con los refugiados de guerra, sus penurias, sus calamidades, sus condiciones de vida, sus años tras años de tristeza,  y toda esa parafernalia demagógica que sí que viene después, pero no en ese momento.  Porque al contemplar la foto por primera ó por enésima vez, nuestros ojos quedarán capturados por los inmensos y hermosos ojos verdes que todo lo ocupan en ella. Porque el verdadero hallazgo de esa foto es que aún en los momentos más sórdidos, cuando la humanidad pierde la cabeza y se aniquila a sí misma, aún hay un lugar, un momento, un respiro para encontrar belleza. Porque Sharbat Gula fue la niña afgana, pero sobre todo fue bella. El color tostado de su piel, con los matices y la frescura propios de su juventud -doce años-, ausente de arrugas, marcas, ojeras, resultaba marco perfecto para el resto de rasgos que conformarían un conjunto impecable de sublime hermosura. Los ojos, sí, esos ojos verdes, grandes, redondos, transparentes, ligeramente rasgados hacia arriba, abiertos, muy abiertos, inclementes. La nariz recta, pequeña, discreta. Los labios perfectamente dibujos bajo ésta, con unas comisuras trazadas calculando milimétricamente las distancias, con un tono oscurecidos. Unos labios discretos, silenciosos; no hacía falta que hablaran, los ojos lo decían todo. El mentón delicado, el óvalo de la cara sencillo, el cabello oscuro, los lunares estratégicamente colocados -cual diva de la época dorada de Hollywood-, las ropas conjuntadas con ella misma para hacerla más bella, si cabía.
    Ésa fue la niña afgana. Sharbat Gula apareció distinta. El ceño se le había fruncido, la tez se le había marchitado, los labios estaban arrugados, casi encogidos como por un puño, las cejas pobladas y desiguales, la cara constreñida, asustada. Los ojos verdes, apagados.
    Diecisiete años separan a esos ojos. Unos ojos que primero mostraban miedo y a la vez valentía, que pedían auxilio y al mismo tiempo lo exigían, que preguntaban porqué la dejábamos allí. Los ojos de abril de 2002 ya no cuestionan nada. Están cansados, han perdido la esperanza, no saben hablar.
    McCurry la dejó en aquel campamento de refugiados, y nosotros también. Como día a día se queda en tantas guerras que pueblan lo ancho y lo largo del planeta, en el camino, tanta y tanta gente. Y nuevas bellezas acabarán marchitándose por el paso de un tiempo impío y asolador, que no tendrá en cuenta a nada ni a nadie.
    Sharbat Gula volvió a dejarse fotografiar. Su marido le dio permiso para mostrar su rostro, para librarse por unos instantes del burka. Pero esa nueva foto ya no le daría a Steve McCurry la fama de la predecesora. No impactaría al mundo, sólo le llenaría de tristeza por haber permitido que se echaran a perder unos ojos hermosos.
    Sharbat Gula sólo fue fotografiada una vez. Ella no supo del revuelo que se había formado en occidente gracias a su foto, de lo famosa que fue durante diecisiete años, de lo hermosa que había sido. Porque Sharbat tuvo que vivir una guerra, tuvo que ser una refugiada afgana, tuvo que salir adelante como tal, como niña huérfana, pobre y desamparada, tuvo que volver a su aldea, y tuvo que cubrirse con su burka y parir a tres mujeres que deberían cubrirse igual que ella.
    McCurry fue en busca de fortuna, pero a nosotros nos jugó la mala pasada de devolvernos al mundo cruel y no dejarnos seguir soñando con lo ojos de la niña afgana."
    November 10

    GORILÓN, GORILÓN... por Francine

    "Conste antes de que empiece a escribir que pretendo alejarme a toda costa de que se entienda cuanto diga como una generalización. Si alguien lo hace así, pese a la advertencia, correrá de su cuenta haberlo hecho, porque una se ha eximido de culpa ya. También quiero que quede bien claro que este escrito posee la única intención de relatar unos hechos al tiempo que junto a ellos vierto mi particular punto de vista acerca de los mismos. El gremio al que me referiré en breve, en sí, no me interesa. Quiero decir que no tengo ninguna cruzada particular en contra de ellos ni obsesión, ni clavados entre mi ceja izquierda y mi ceja derecha para mentarles. Hablar de ellos ahora mismo es como ponerme a hablar de cualquier otro colectivo profesional como panaderos, abogados, ebanistas ó fontaneros. No centran mi interés hasta que lo centran; no hay más vueltas que darle.
    El fin de semana había entrado una ola de frío por la retaguardia que nos había dejado a todo bicho viviente más tiesos que un militar haciendo la instrucción, y cacareando y sin pluma alguna con la que poder proporcionarnos un poquito de calor. Los cuerpos acostumbrados a la prórroga de calor que había custodiado hasta entonces nuestros huesos acusaban notablemente el cambio en forma de resfriados, gripes y enfermedades varias, así que los ánimos estaban caldeaditos, aunque fuesen lo único caldeadito entonces.
    Tiritando de puro frío a las puertas del último garito de la ruta de esa noche, cuando ya ni la más marchosa nota musical de una canción conseguía arrancarme siquiera un desganado paso de baile, me decidí a abandonar el local. Al amparo de un portal taciturno en el que resguardarme de la gélida noche, ya sólo me quedaba observar los últimos coletazos de marcha que la misma se atrevía a dar.
    Seguramente tras el aguardo de mi compañía, me habría marchado a casa a dormir, y aquí paz y después gloria, y mañana sería otro día, ó ya hoy. Pero siempre tiene que haber alguien que llame la atención, y que convierta lo que iba a ser una noche más, en un  momento para recapacitar y acordarse de otras muchas cosas.
    Como ya he dicho -retomo- yo estaba sentada, casi perdiendo la conciencia porque se me congelaba el cuerpo entero, y puesto que la desapacible noche no proporcionaba demasiado amparo, éramos pocos los valientes que permanecíamos estoicamente plantándole cara porque sí, en el más absurdo de los lances -porqué no decirlo-, y allí lo descubrí. Me impactó; he de decirlo alto y claro, las cosas como son. No me resultó indiferente, y creo que eso le habría gustado saberlo. Aunque enseguida habría roto yo el encanto al confesarle -como ahora confieso- que no iba a tener elogio alguno que dedicarle para justificar esa fijación de mi atención en su persona, sino todo lo contrario. Y por otro lado, tampoco se puede colgar ningún galón ni atribuirse mérito alguno por no haberme pasado desapercibido -cuando tan bien se propiciaba el asunto para que los pocos que éramos nos viésemos las caras-, puesto que era precisamente la antítesis de la discreción y alma gemela del descaro.
    Aquella noche, a su habitual planta demoledora, tipo armarioroperocuatropuertas, le unió una estética dispar. Se había enfundado una camiseta que se había adherido a su cuerpo como una lapa, y a la que le faltaba poco para chillar falsedad por los cuatro costados -además de cortarle la respiración por alguna parte del tórax al muchacho-, con letras bien grandes enunciando el nombre de algún diseñador del culto disparatado, y una chupa de cuero, que es como la placa del sheriff; chupa de cuero, segurata con muy malas pulgas al canto. El resto no importa, aunque el calzado siempre suele ser elegante, pues hay que predicar con el ejemplo. Y de tal guisa, seguro que se miró al espejo antes de salir de casa, convenientemente perfumado -ó excesivamente diría yo, porque hay veces que antes de entrar a un local, es preciso colocarse las mascarillas antigas para no caer desmayado del desprendimiento perfumístico que vaga por el ambiente-, creyéndose que era el rey del mambo. Y yo creo que se lo repitió varias veces; "hoy eres el rey del mambo, muévete papito... el rey del mambo!!!". Y tremenda desfachatez no puede volver a cometerse dos veces en la historia, pues ya fue dudoso que tal trono se le adjudicara por la patilla a Antoñito Banderas. Hay que sudar mucho para ceñirse esa corona...
    En fin, a lo que íbamos. Allí estaba el susodicho, haciendo acopio de mala leche y seriedad -aunque ya no, porque la noche estaba en las últimas, como he dicho-, inspirando respeto y miedo -a mí algo de risa, pero porque miraba a distancia, claro-, y de repente, al sentirse observado, congeló el rostro. Entraba en acción. Ni una mueca -ni de agrado ni de desagrado-. Ó tal vez no lo hizo de repente, al sentirse objetivo de mis miradas, sino que llevaba en tal estado toda la noche y sus músculos faciales habían perdido toda capacidad expresiva; ya no le respondían, por mucho que él quisiese. Creo que ni siquiera pestañeaba, pero también creo que es imposible aguantar sin pestañear durante tanto rato, así que no voy a exagerarlo.
    "He ligado. La tengo en el bote. Esta noche, ésa cae", creo que pensaba su neurona, dando triples saltos mortales por su cabeza. Así que se puso gallito. Y lo mejor de todo es que yo me enteré de que estaba allí por los comentarios indignados de un chico negro, que se tenía que marchar resignado del lugar pero prefería morir matando, y si algo podía hacer, porque eso no podía impedírselo -demasiados ojos para hacerlo gratuitamente-, era hablar y dejar salir por su boca todos los demonios que se lo llevaban de aquel sitio. El muchacho iba acompañado de un grupo de jóvenes, que no eran negros como él, detalle que no habría hecho falta mencionar si no hubiera sido porque fue la gota que colmó el vaso. Tenía muy claro que el segurata no lo había dejado pasar al local por el color de su piel, y así lo gritaba a los cuatro vientos.
    Los había dejado pasar a todos, pero a él no lo había perdido de vista, lo tenía como blanco perfecto -paradójicamente hablando-, y cuando se le había plantado delante, esperando el turno para que le fuera concedido el permiso, le había puesto una mano en el pecho y le había negado con la cabeza que se le permitiera el acceso. El resto, por no dejar desamparado al amigo, había marchado en retirada, y se había callado la boca, porque al fin y al cabo, la cosa no iba con ellos que eran blanquitos como el algodón. Pero el chico, con una piel inundada de poros negros por los que se clamaba igualdad todavía, no había podido quedarse de brazos cruzados. Y sólo consiguió marcharse despotricando de allí. El otro, como si nada, con su cara de rábano que no movía un sólo músculo, ni para bien ni para mal.
    Ahí fue cuando comencé a fijarme en el portero del pub. Cuando le impidió la entrada a un chico con rasgos árabes, a otro que no daba la talla por atractivo físico, a otros tantos que debe ser que no le cayeron demasiado bien, a otros que no aparentaban más de treinta años -que es la edad que él se inventó para fijar su criterio, debe ser- y debieron identificarse ante él, cuando tal formalidad sólo pueden exigirla los miembros de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. Y sin embargo, pasó la mano y ensanchó su manga para permitirle la entrada al local que custodiaba a gente que sugería poca fiabilidad nada más por el aspecto -por mucho oro que cargasen en sus cuerpos-, a chicas que le reían las gracias y procuraban pasear sus atributos con generosidad delante de sus narices, y a los que parecían sus colegas, a juzgar por el saludo mafioso que se dedicaban cuando entraban como pedro por su casa, sin tener que aguantar miradas por encima de un hombro con pocas razones, que sí que tenían  que aguantar el resto de los mortales.
    Entonces me pregunté qué coño estaba haciendo aquel fulano. Porque no permitirle la entrada a un evento ó local a alguien basándose en una cuestión de edad, sexo, raza, religión, etcétera, aquí mismo, en el suelo que pisamos, que se llama España y se viste de rojo y gualda, es inconstitucional. Porque el principio de igualdad de la Constitución Española -norma máxima de todo el que reside en territorio español-, uno de los derechos fundamentales más importantes contenido en la misma, advierte que todos -absolutamente todos- somos iguales ante la ley. Y que porque uno sea negro, árabe, chino mandarino, sudamericano, ó de Calasparras pero poco agraciado físicamente, no es motivo suficiente para no dejarle entrar al local ó evento, público ó privado.
    El derecho de admisión viene regulado en el artículo 59.1.e) del Real Decreto 2816/1982, de 27 de agosto, y en él se regula que la utilización del derecho de admisión vendrá acompañada de la exposición bien visible de carteles ó publicidad en los accesos  a los mismos, en los cuales se especificará de forma clara los requisitos necesarios para entrar en el local. Y dudo mucho de que el dueño de un local ó el organizador de un evento se jueguen tan cara la piel como para colocar a ojos de todos criterios arcaicos e irrazonables como los que se establecen. Asimismo, también se regula legalmente que el derecho de admisión no podrá utilizarse para restringir el acceso de manera arbitraria ni discriminatoria, ni situar al usuario en condiciones de inferioridad, indefensión ó agravio comparativo. El derecho de Admisión deberá tener por finalidad impedir el acceso que se comporten de manera violenta, que puedan producir molestias al público o usuarios, o puedan alterar el normal desarrollo del espectáculo ó la actividad. (..) Se prohíbe el acceso a los establecimientos, espectáculos públicos y actividades recreativas portando prendas ó símbolos que inciten a la violencia, la xenofobia ó el racismo.
    Y mira tú por dónde, para ser el mister que defiende la ley y el orden, acababa de pasársela esa noche -y seguro que un montón de noches antes que esa- por el forro de cierto sitio. Y además de estar cometiendo casi un delito al no respetar ni un real decreto ni un derecho fundamental de la constitución, cumplía casi todos los requisitos para ser él mismo quien no pudiera pisar el local para el que trabajaba, porque él llevaba un símbolo ó prenda incitando a la violencia, la xenofobia ó el racismo, que era su propia mentalidad.
    Y encima, para estar donde estaba, también tenía que cumplir con una larga lista de requisitos, que creo que no contaban entre sus pertenencias. Porque seguramente no contaba con la habilitación correspondiente del Ministerio del Interior, no habría superado las pruebas oportunas que acreditasen su capacitación y conocimientos necesarios para el ejercicio de sus funciones,  no dudo de la aptitud física pero sí de la psíquica -porque éste tenía que tener algún parámetro alterado-, y por la pronunciación tan defectuosa del idioma creo que tampoco pertenecía a ningún estado miembro de la Unión Europea, y a juzgar por las maneras y el aspecto, tampoco se habría cuidado mucho de legalizar papeles y situación de no ser así. En fin, una joyita que se atrevió a ponerle peros a quien pronunciaba el español con un acento castizo envidiable aunque no fuera blanquito como la leche, a quien no era tan cachas como él ni tan guapo como brad pitt, ó a quien no llevaba una camiseta con letras gigantes que escribieran el nombre de un diseñador del culto disparatado como la llevaba él.
    En fin, en manos de quienes estamos, y en manos de quienes nos dejan. Como para apagar la luz y echarse a dormir. Y el problema es que lo asumimos todo como algo normal.
    Si aquel chico negro hubiera denunciado al susodicho portero por haberle discriminado por el color de su piel, por haber faltado a su honor, tenía ganada la batalla. Lo que pasa es que preferimos mirar para otro lado cuando pasa cerca de nosotros, y no enrabietarnos demasiado cuando le toca a nuestro pellejo ser la víctima. Porque la única diferencia que nos separa de los impresentables como este del que vengo hablando, es que nosotros no nos pasamos el día entero en el gimnasio desarrollando cada uno de nuestros músculos. Nos entretenemos sin embargo con el resto del mundo -que hay mucho- para alimentar el intelecto. Y ellos convierten su forma física en una ventaja. Porque en las guerras siempre ganaron las hostias y no las palabras. Lo que pasa es que no estamos en guerra, y el poder de una frase debería ser infinito.
    Así que, qué quieren que les diga. Indignación, rabia, pero calladita, que éste coge y me parte la boca, y eso que tiene pinta de pacífico. Nos creemos que hemos avanzado algo, que no somos racistas -sólo porque lo decimos mucho-, ni xenófobos, ni machistas, ni nada de todo eso malo, y sin embargo, la casa aún está sin barrer.
    Cuando me puse de pie, con los huesos entumecidos y casi sin sensibilidad en mi cuerpo, sólo se me ocurrió cantarle a aquel armarioroperodecuatropuertas "...como los gorilas u u u". Pero no desperdicié ni un poco de saliva ni tampoco de mi integridad física, y preferí que las cosas pasen porque tienen que pasar. Y quedarme con el único consuelo de que "todo lo que sube, tiene que bajar".
     
    November 06

    NI SABEN NI QUIEREN SABER por Arturo Pérez Reverte

    "Les hablaba hace poco de lo difícil que se va poniendo en España dar un mitin político, una conferencia ó expresar en público una opinión, sin que un piquete de lo que sea intente silenciar al invitado de turno. Para confirmarlo -que no hacía maldita la falta-, al día siguiente de teclear esas líneas, a don Manuel Fraga le interrumpieron una conferencia en Granada medio centenar de jóvenes llamándolo asesino y fascista. Después le tocó en otro sitio a Carod Rovira, y menos gordito simpático le dijeron de todo. Los que acosaron al político catalán eran diez fulanos de extrema derecha -la auténtica, no la que adjetivan ciertos soplapollas pretendiendo reescribir la Transición y  la Historia-; así que, en realidad, esos animales salvapatrias se limitaban a lo que se espera de ellos: mantener viva la tradición de quemar libros y apalear bocas, que tiene rancia solera europea, tanto nacionalsocialista como nacionalsindicalista.
    Lo de Fraga, en cambio, me preocupa más. Y no por el abuelo, que tiene más conchas que mi tortuga Amanda, sino por quienes liaron la pajarraca. Lo inquietante es que esos jóvenes se autodenominaran de izquierdas. Porque si es verdad que la izquierda española oficial de toda la vida, compañeros del metal y todo eso, acabó degenerando en el penoso espectáculo botijero de sandez, obviedad y demagogia inútil verde manzana que se pone de manifiesto cada vez que abre la boca su secretario general, señor Llamazares, no es menos cierto que uno espera, en el fondo de su corazoncito, que el futuro alumbre alguna vez una izquierda diferente, eficaz, provista de argumentos sólidos, de coraje político y de la cultura republicana que hoy es fácil adquirir a poco que uno acceda a las fuentes formativas adecuadas, que para eso están ahí.
    En tales circunstancias, resulta desazonador que, comentando el pifostio granadino del señor Fraga, un joven individuo llamado Ramón Reyes, que responde, nada menos, al formidable título de secretario provincial del Sindicato de Estudiantes de Granada -alguien tendría que explicarme algún día en qué consiste exactamente un sindicato de eso, y yo a cambio le explico lo del SEU-, justificara el incidente afirmando, por la cara, que el viejo político gallego "nunca ha apretado el gatillo, pero lo ha ordenado", y culpando además a la Universidad "por invitarlo con el dinero de todos los contribuyentes". Apenas leí tales declaraciones, corrí al diccionario de la Real Academia y, abierto por la página 847, leí la siguiente definición de la palabra imbécil: "Alelado, flaco de razón". Después busqué en la página 98 la segunda acepción de analfabeto: "Ignorante, sin cultura ó profano en alguna disciplina". Y de ese modo pude confirmar, con el respaldo de la autoridad adecuada, que al antedicho secretario del sindicato estudiantil granadinio -de otras provincias no tengo información suficiente- se le puede llamar imbécil analfabeto con absoluta propiedad y precisión filológica. Cosa que hago aquí para que conste a los efectos oportunos, etcétera.
    Hasta a Adolfo Hitler, señoras y caballeros. Hasta a Stalin, Pinochet, Franco ó Atila, si hace falta. Hasta al torturador más infame de la ESMA argentina, ó al más bestia sargento de marines destacado en Iraq, sería interesante escuchar en una conferencia. Incluso al miserable De Juana Chaos, imagínense, mientras cuenta qué sentía pidiendo champaña cuando asesinaba a alguien. Después, que para eso está el coloquio, se discute ó se le menta a la madre. Pero, como digo, después. Mientras tanto, la oportunidad de escuchar bien calladitos es oro puro, pues no hay mejor modo de escrutar el alma humana, tinieblas incluidas, adquiriendo conocimiento y lucidez -Mein Kampf ó Sabino Arana, por ejemplo, son textos imprescindibles-. Por eso, y sin que el pobre don Manuel Fraga tenga que ver con los individuos antes citados, excepto con el Franco del que fue ministro antes de participar de forma decisiva en la extraordinaria transición que España vivió en los años setenta, compartir la experiencia de su dilatada vida política es privilegio al que esa panda de tontos del culo granadinos renunción, para su propio mal. Ignorantes, también, de lo tradicionalmente española que es tan cerril actitud. Que ya en el siglo XVI escribía en su Viaje de Turquía el supuesto Pedro de Urdemalas: "La gente española, ni sabe ni quiere saber... De este vicio nació el refrán castellano que en ninguna lengua se halla sino en la española: dadme dinero y no consejos".