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28 aprile LEYENDAS DE PUEBLO por Francine"Permítaseme que introduzca una nota con tintes de amargura, tragedia, drama, ó simplemente -y como a mí más me gusta llamarlo- de venganza, en esta vida comediante que cada vez más a menudo se ríe de mí.
Tampoco es tan grave la cuestión observada con distancia y desde la otra orilla, pero para mí, que tan de dentro lo viví, hay una espinita clavada -que se va pareciendo a una estaca- que debo sacar cuanto antes, y voy a empezar a hacerlo. Porque mi mejor arma, por si no lo sabes, Pascualín de mis amores, es la palabra. Y si acaso alguna vez puedo utilizarla públicamente, tú serás el primer blanco -más blanco que el mismo blanco- de mis iras, eso también deberías saberlo.
Los hechos se remontan a hace casi un año. Pero sólo los hechos, porque los que tuvimos que colarnos -a la fuerza y porque a ti te dio la gana- en la piel de víctimas durante esos días, el aciago recuerdo no puede borrarse aún.
Para situarlos causalmente, diré que iba a tener lugar un acontecimiento que durante el año en curso iba a dejar una huella especial en el seno de la familia a la que pertenezco, y más en concreto en mi propia experiencia, pues es de mí de quien hablo ahora, cuando a ti te dio por incordiar.
Y es que yo creo que eres simplemente un pobre hombre con un poco de dinero de más, que ni siquiera sabes manejar, y que todo ha sucedido porque no te enseñaron muchas cosas cuando eras pequeño; que no tenías que pegarle a las niñas, que había que compartir, que no había que ser tan envidioso. Y ya de mayor continuaste sin aprenderte las lecciones y te crees tan digno para darlas (aaaayyyy). Porque la máxima de cualquier hombre que quiera llamarse de negocios, es que los negocios no hay que mezclarlos JAMÁS con nada; ni con la familia, ni con los amores (de los que dudo en tu caso), ni con lo que fue amistad ó para ti sólo una mano tendida. Los negocios son negocios, y en ellos como en las guerras, uno está solo y no tiene ni un amigo, pero esto último tú lo sabes muy bien. Lo peor de todo es que todos los aprendizajes que tú despreciaste han traído una consecuencia peor; no se los has inculcado a tus hijos, y con ello has fundado una estirpe de calañas que vagabundean peligrosamente por el mundo, y a los que tarde ó temprano, los demás tendremos que pararles los pies.
Tú sabes, porque tuviste hijos y tienes nietos, inocentes, angelicales (aunque precisamente no tengan cara de querubines; pero qué podríamos esperar), que no hay que hacer pagar a seres que no tienen culpa por las acciones de los demás, que en este caso ni siquiera habían producido tal agravio, que sólo vive en tu desquiciada cabeza repleta a más no poder de odio infundado hacia la humanidad en general.
Durante un buen puñado de años has usurpado la personalidad del mejor Capone del mundo y te has creído que eras el más chulo del barrio. Tus métodos sucios no han llevado la sangre al río, porque se podrá presumir de poco, pero de valentía y orgullo no se escasea por estos lares. Y en vista de que el barco iba viento en popa, has recurrido a las más viles argucias para hacerte valer, porque ya no te quedan argumentos. Y créeme, Pascualín, en esta vida no hay nada más penoso que quedarse sin argumentos para justificarse. Pero tú eres tan zafio en cualquier cuestión, que ni siquiera esto podrías comprenderlo.
Llegaron las fiestas, reluciendo y esplendorosamente cabalgando por estas calles que se engalanan de año en año, y se te ocurrió que lo mejor que podías hacer era aguarlas. Lo intentaste por muchos medios, incluso ilegales, y de los que vas a tener que responder ante la justicia, que tú ya sabías con quien te jugabas los cuartos.
Pero si hay algún sentimiento que es nefasto para el ser humano, ése es la desesperación. Y ante tu ineptitud, te dejaste llevar por la misma, y ésta te llevo de la mano.
Tu estocada final fue una MARRANADA. Y no sé cómo alguien de tu escasa inteligencia consiguió atar tan bien todos los cabos para, sin ser juez ni prácticamente parte en el asunto, imponer una condena.
Cuando me enteré, me eché a llorar. La música de pasodoble ya estaba sonando y ellos estaban tan guapos, bailando al son de la misma, porque era lo que tocaba y el resto de gente no tenía la culpa de nada. Yo miré hacia arriba, y lo vi allí, desde el lugar al que tú le relegaste y del que no pudo salir. Lloré de rabia, pero luego te busqué, cuando estábamos todos allí y tú pensabas asumir el papel de quien tira la piedra y esconde la mano. Me costó encontrarte, porque tienes la típica cara de viejo que se confunde con la de todos los viejos; hasta para eso eres poco original.
Pero cuando te encontré, mis lágrimas ya se habían secado, y me planté cerca de ti y te miré a los ojos. A la primera vez no sabías quién era yo -nunca había tenido la mala suerte de conocerte en persona-; a la segunda, sospechaste; a la tercera te sentiste intimidado; a la cuarta, mirabas de reojo incomodado, y a la quinta, deseaste que un agujero enorme se abriese bajo tus pies y el centro de la tierra te succionase hacia dentro.
Debiste tener claro que los cinco días que tú enclaustraste a una persona, ibas a tener mil ojos encima de la tuya. Mil ojos que te estarían insultando, juzgando, odiando, deseando todo lo peor, pero que callarían las bocas, porque tenían más estilo que tú.
Y así fue. Así fue como le robaste el derecho a un padre de exhibir orgulloso -y con razón- a sus hijos por las calles de su pueblo, para así tratar de redimir las malas especulaciones que sobre su persona, tú y tus secuaces -tus propios hijos, de los que no puedes presumir con tanto orgullo- habían esparcido por ese mismo asfalto. Para dejarle demostrar que, si tantas veces decían que se había equivocado, allí estaba su mejor obra: sus vástagos.
Las jornadas que siguieron siempre había una nueva noticia con la que amargarnos el día. Y siempre, el corazón roto y la lágrima que nos tragábamos al ver cómo debíamos marchar con la alegría fingida en el cuerpo, mientras a quien tú decidiste castigar por tu cuenta, volvía a su cárcel particular.
Yo soy joven, y ante tales hechos, la sangre me hierve dentro del cuerpo. Te habría matado allí mismo si hubiera podido. Pero no pude y tampoco creo que esa hubiera sido la mejor solución; simplemente una solución desesperada. Ya ves, con menos años y menos experiencias que tú, yo ya sé un poco de qué va todo esto.
Él nos dio una lección a todos. Y sabes qué? Al final no conseguiste tu objetivo, porque si bien el disgusto ni nos lo quitó ni nos lo quitará nadie, aprendimos, como tú nunca has sabido hacerlo.
Aprendimos que en esos malos momentos, nos teníamos los unos a los otros. Que ese cariño que se supone por los lazos que nos unen, y que se demuestra en escasas ocasiones, tuvimos la excusa perfecta para profesarlo a raudales. Que fuimos valientes, que fuimos dignos, que fuimos honrados. Y que la voz se corrió, como tú querías, pero para dejarte a ti en el mal lugar que te mereces. Nos sirvió para saber que había mucha gente a nuestro lado; gente que realmente valía la pena, gente que nos lo dio todo y mucho más.
Me sirvió para seguir admirando a un hombre valiente. Para estar orgullosa de que la vida me lo haya puesto tan cerca.
Y después de eso, que fue una injusticia ante la que nadie pudo hacer nada, es normal que el escepticismo nos haya ganado la partida. Nos hemos hecho más fuertes, pero también más descreídos. Y ya no pensamos que todo se va a arreglar, que el tiempo pone a todo el mundo en su lugar, que al final el que actúa mal acaba pagando por lo que ha hecho, que el malo siempre acaba perdiendo. No nos lo creemos porque no es así.
Yo sólo creo en una máxima: "el que se ríe el último, se ríe mejor". Y te puedo asegurar, Pascualín, que tengo una enorme carcajada reservada en exclusiva para ti." |
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