Mara's profileLA IMAGINACIÓN AL PODERPhotosBlogListsMore Tools Help

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    May 19

    ¿QUIÉN ME HA ROBADO EL MES DE ABRIL? por Francine

    "A Joaquín y a mí nos robaron el mes de abril un año más, y nos hemos dado cuenta tarde, como siempre. No somos los únicos. Conozco a muchos que tienen el mismo problema pero que prefieren obviarlo para así no tener que buscar la solución. Creen que de este modo son más felices, que si no miran a los ojos de sus desvelos éstos pasan de largo. Pero sólo se engañan porque simplemente cargan con un nuevo pesar a sus espaldas y se dicen que eso es vivir (C'est la vie, que dicen los franceses, que siempre tuvieron mucha labia para los cuentos de nunca acabar).
    Joaquín y yo nos ponemos tristes cuando vamos a mirar la hoja del calendario, y nos ha vuelto a ganar la partida. Parece mentira que un puñado de papeles consiga jugárnosla cada año y hacernos sentir tan mal, tan perdedores, pero así es. A veces, en las posturas más subestimadas es donde se esconden los peores enemigos. Ya lo dice él, que cuando el invencible hombre del traje gris, al que no le afectan las decepciones porque él sólo decepciona, saca el sucio calendario de su bolsillo, se hace la misma pregunta que nosotros, en pleno ataque de desesperación: ¿Quién me ha robado el mes de abril?
    Conocemos bien los lugares recónditos del corazón a los que nadie quiere viajar, porque de ellos es muy difícil salir. Requieren dosis extras de valentía las instropecciones al alma para encontrarte con una caja de Pandora, y tener las santas narices de abrirla y dejarla que truene. Hemos paseado durante madrugadas que jamás tenían corazón por todas las calles melancolía, boulevares de sueños rotos, callejones sin salida por los que nunca cruza un autobús. Y a menudo nos hemos subido al lomo de caminos que nunca llevaban a Roma. Así que nada puede asustarnos cuando llega lo peor de lo peor y quiere aguarnos la fiesta. Nuestras fiestas nunca terminan, aunque nos den las diez, las once, las doce...  la una, las dos y las tres... ó más.
    Abril siempre fue un mes de buenos recuerdos (aunque en ocasiones el reciente paso de los mismos fuese doloroso todavía) y de fechas que recordar como los catorces republicanos ó los veinticinco clavelitos. De repente, la costumbre de salir asustados a la calle desaparece, y el frío se ha ido con la música a otra parte y ya no maltratará más a nuestros huesos... al menos hasta que llegue el momento en que vuelva a ocupar su trono y todo se vaya al garete, y el gozo al fondo del pozo de siempre, etcétera. Pero lo importante es que abril llega cargadito de sorpresas, la mayoría buenas, y es como si vinieran los Reyes Magos del buen tiempo, cuando aún nadie nos ha contado que realmente los reyes son los padres, ó no hemos querido creérnoslo.
    Llega esplendoroso y reluciente (porque aquello de las aguas mil quedó para más ver), de repente nos tapa los ojos y nos susurra al oído: ¿quién soy? Entonces ya no huele a frío, a helor, ya no hay que capear temporales meteorológicos (para los otros desafortunadamente, siempre hay una buena excusa). Y la emoción nos embarga de tal manera, que los treinta días se pasan volando y los pájaros en mano se dejan para después. Sólo se les permite anidar en la cabeza.
    A partir de ese momento, las persianas corrigen la aurora, el quiero le gana la guerra al puedo, los que matan se mueren de miedo, el equipaje no lastra alas y el diccionario detiene las balas, ser valiente no sale caro y ser cobarde no vale la pena. El corazón no se pasa de moda. Pero desgraciadamente, el calendario sigue viniendo con prisas. No podemos hacer como si no existiera porque existe para ser una de nuestras peores condenas.
    Pero Joaquin y yo corremos el riesgo de vivirlo a todo gas, como si fuese a ser el último mes de nuestras vidas, nuestros últimos treinta días. No tenemos miedo de subirnos a los castillos de arena para hacer ondear nuestras banderas que no reclaman ninguna patria, ni a conducir sin cadenas por las autopistas de la libertad, ni a jugar partidas de ajedrez con partenaires adictos al jaque mate, ni a bailar "rockanroles" de idiotas.
    Porque cuando pasa abril, lo que se ama vuelve a ser ceniza, los besos sin amor saben a vinagre, cuando nos morimos ya nunca es por amor, la vida pasa como pasa lo que no tiene mucho sentido, hay mil y una noches que olvidar, los príncipes azules vuelven a ceñirse sus mallas grises, cuando duermo sin ti contigo sueño y con todos si duermes a mi lado, y algunas veces suelo recostar mi cabeza en el hombro de la luna para hablarle de esa amante inoportuna que se llama soledad.
    Cuando abril ya ha pasado, mis pies descienden la cuesta del olvido, fatigados de tanto andar sin encontrarte, y me abrazo a la ausencia que dejaste en mi cama.
    Cuando abril se ha ido, mi corazón está tan huraño como un dandi con lamparones, como un barco sin polizones, como estoy yo sin ti.
    Cuando ya no queda ni rastro de abril, los soñadores nos despertamos de repente, y colgados de la luna, nos dejamos caer a un presente que ya no se acordaba de nosotros, y donde tenemos reservados más de cien años de soledad, como el resto del mundo, aunque éste no lo sepa o prefiera no saberlo.
    Por eso nos lamentamos cuando se ha ido el mes de abril, e incapaces de reconocer que se nos ha escapado de las manos como todo niño caprichoso, sólo se nos ocurre echarle la culpa a un ladrón envilecido que se cree el capitán de su calle. El calendario le da la vuelta a la historia y nos plantea nuevos retos hasta que llegue el momento de volver a disfrutarlo.
    Joaquín y yo nos enfadamos porque se ha ido el mes de abril, pero bendito sea!!!! Cada vez que llega y cada vez que se va. Porque si bien sufrimos su ausencia cada año, sin el recuerdo de meses de abriles pasados, realmente no seríamos nada."
     
     
    PD: Como dice el gran Luisito García Montero (maestro de maestros, y alumno de los mejores), en el prólogo de Ciento volando de catorce (el libro de poemas de Joaquín), los poetas y los cantantes son poco partidarios de las realidades previsibles porque nada es menos previsible que la realidad, y por eso juegan a desordenar los papeles de la representación...
    ...Sabina es un peregrino de la noche que ajusta cuentas con el mundo, rebelde hasta el pliegue final de su conciencia y corre delante los toros del tiempo, la muerte, las renuncias y los diversos disfraces de la policía...
    ...Cuando camina, lo mismo que cuando baila, no hace otra cosa que soñar con los pies, perseguir en los horizontes de la lentitud un argumento seductor para defender la prisa...
     
    Y como dice él mismo: Como el aire lo regalan y el alma nunca la entrego, con la sombra de mis sueños me basta para comer...
     
    Este sábado por la noche trataré de comprobar todas las leyendas vertidas. Y como él suele decir: mueve tus caderas cuando todo vaya mal... no se me escapará un sólo acorde sin danzarlo con entusiasmo.
     
     
     
     
     
    May 17

    LOS MEJORES AMIGOS DE UNA MUJER: LOS STILETTOS por mí

    Y que ninguna feminista enfervorizada -sin ánimo de ofender en ningún momento a las defensoras de dicha tendencia- se me tire al cuello por afirmarlo. Que yo también tengo opiniones en contra de lo que, en ocasiones, considero el más maquiavélico de los inventos que la perversa mente del hombre pudo crear alguna vez, y eso que de esta manera simplificaría enormemente la labor de éste. Sí señores, porque yo creo firmemente que los zapatos de tacón son un castigo concienzudamente urdido para hacer purgar en exclusiva a las mujeres. Que conste además que dicha creencia -que yo siempre había mantenido agazapada detrás de la oreja- me ha sido confirmada por un experto en la materia: "de alguna manera tenéis que pagar las mujeres por lo que nos habéis hecho sufrir a los hombres", me dijo. Y lejos de sentirme ofendida o ultrajada, me sentí tremendamente halagada por tal comentario. Porque, que después de habernos considerado a la sombra del sexo masculino durante siglos y siglos de historia, nos atribuyan el papel de castigadoras, causantes de la mayor parte de los males de la humanidad y sibilinas maquinadoras de las más oscuras tramas, es todo un elogio conseguido al fin y al cabo sin comerlo ni beberlo, con esa habilidad que nos caracteriza para obtener cualquier cosa de los hombres.
    A mí me parece sumamente atractiva y excitante la idea de que los varones queden rendidos a nuestros pies -enfundados éstos en centímetros de altura- con los tiempos que corren. Que llevemos la batuta de directoras en cualquier relación que se precien a entablar con nosotras -laboral, amistosa, sentimental...-, con lo difícil que es dirigir algo en esta vida, me supone todo un logro. Y tampoco me provoca el menor remordimiento que ellos sufran por nosotras, porque sufren a gusto, y ya se sabe que sarna con gusto, no pica nunca. Además, tanto como nos encomendaron a nosotras la misión de servirles -aunque todavía no haya una razón sólida que apoye tal teoría-, tal vez sea la suya la de padecer por nuestra causa, lo cual no estaría nada mal.
    Voy a entrar en la materia que es motivo de este escrito, y para ello debo hablar de las repercusiones que acarrea el hecho de calzarse unos zapatos de tacón -y así demuestro la importancia de tal tema, a menudo considerado banal por el mundo, ya que cuando algo produce consecuencias puede presumir de relevancia-, de las cuales existe una lista interminable. Sin embargo, para sintetizar y ahorrar el tedio del lector, voy a quedarme de entre todas con la retórica más socorrida y conocida que se utiliza a la hora de avalar el uso de los tacones. Ésta reza que cuando una mujer se sube a unos tacones de once centímetros (casi podría afirmar que éstos son los más altos que se fabrican), se le olvidan todos los problemas que la atormentan (según los hombres, en su mayoría inventados por nosotras mismas). Yo no podría aunque quisiese mostrarme en desacuerdo con esta teoría, porque cuando esto sucede tal y como lo enuncio es cierto que a las mujeres se nos olvidan todos los problemas, neuras ó preocupaciones que hasta el momento hubiesen sido motivo de nuestros dolores de cabeza, porque tenemos que concentrar toda nuestra fuerza en sobrellevar aquél que los eclipsa a todos: el tremendo dolor de pies que nos asola sin compasión.
    Y eso cuando no nos da por pensar y calentarnos la sesera, porque si acaso se nos ocurre recapacitar durante más tiempo del necesario y caemos en la cuenta de lo que sucedería si perdiésemos el equilibrio estando en el "andamio" en el que estamos subidas; ó cuando ya nos ponemos en los peor, creemos que pueden trabársenos los pies y que caemos sin remisión alguna de bruces contra el asfalto, nos invade la inseguridad, las piernas se convierten en víctimas de un temblequeo compulsivo e incontrolable, y la gallardía necesaria para salir airosas de tal hazaña brilla por su ausencia.
    Por otro lado, no podemos olvidarnos -encontrándonos como nos encontramos en medio de esta fiebre por el culto al cuerpo- de enunciar las contraindicaciones de los zapatos de tacón para la salud. Éstos desvían nuestras espaldas, lastiman nuestros pies plagándolos de rozaduras por cualquier recoveco y abrasándonos las plantas, vulneran nuestros andares haciéndonos adoptar posturas insufribles para la buena marcha de nuestro esqueleto, desgastan nuestras rodillas hasta el punto de originarnos enfermedades graves y crónicas, ó conducen a nuestra circulación por donde ésta no debe andar. Eso por no hablar de las lesiones que se pueden derivar como efectos secundarios del uso de vertiginosos tacones, tales como torceduras, esguinces, ó hasta fractura de algún hueso (incluida la crisma).
    En resumen, que enfocado desde cualquier punto de vista, el uso de los zapatos de tacón -sobre todo si es un tacón alto y afilado- se desaconseja de manera tajante y absoluta, sin condiciones, sin medias tintas ni nada. Lo único que pueden ofrecernos son penalidades, y bastante tenemos ya con lo que tenemos.
    Sin embargo, yo reivindico de manera clara y a pecho descubierto -siempre metafóricamente hablando- el uso del tacón. Porque frente a todas las desventajas prácticas que nos supone -que son tantas-, hay que ponerse una venda en los ojos y adquirir mentalidad romántica, que es la única manera que conozco -y recomiendo- para no dejar de creer en este mundo cruel.
    Los tacones son maravillosos para las mujeres, y debemos defenderlos como un patrimonio exclusivamente femenino -como la maternidad-, que los hombres nunca llegarán a conocer ni disfrutar (al menos, no de manera legal). Porque cuando una mujer se sube a unos zapatos de tacón de dimensiones desorbitadas, se siente como una diosa, como la reina del mundo -ó de Saba, que para el caso. Y esto es muy normal porque al subir de golpe unos cuantos centímetros por obra y gracia de unas manos prodigiosas, y ver el mundo desde las alturas, pudiendo dispensarse el lujo de mirar por encima del hombro -literalmente- a más de uno y de una, confiere una seguridad y un carisma que pocos libros de autoestima pueden logran infundir a las féminas devaluadas por esta sociedad que exige ir siempre de punta en blanco y a son de pito.
    No hay que dejar de mencionar los aspectos físicos en los que redunda el uso de los zapatos de tacón, puesto que gracias a ellos nuestros gemelos se desarrollan hasta parecerse a los de jugadores de fútbol -galácticos ó no-, el culo se nos hace respingón y las caderas se nos mueven acompasada y sensualmente, con ese deje de intriga espontáneo -proque los andares que provocan los tacones no permiten que puedan moverse de cualquier otra manera-, como a los hombres les gusta. El movimiento absolutamente sexy de estar sentada con las piernas cruzadas, mientras se balancea el zapato de tacón en nuestro pie, pausada y lentamente, tal cual estuviese meciendo a un niño para que conciliara sus más dulces sueños, es algo que no se paga con dinero. Un hombre puede quedarse mirando fijamente nuestros zapatos, y desear a partir de ese momento llegar hasta nosotras para entrar en nuestras vidas y en nuestro maravilloso universo. En conclusión, los tacones estilizan nuestra figura sin que tengamos que pasar hambre, y eso es un hecho absolutamente incuestionable y de agradecer.
    Y qué decir de su sonido. Cuando golpean contra el suelo, emitiendo esa dulce sinfonía, preludio armonioso de los andares de pantera de un ser que se come el mundo, contando entre sus huestes con tan preciado tesoro. Pocas óperas han logrado poner la piel de gallina tanto como cuando el suelo retumba ante los malabares que los tacones se atreven a hacer con él.
    No puedo pasar por alto la cuestión estética de los propios zapatos de tacón, que a veces se cuida con tanto detalle que los convierte en objetos de coleccionista, perfectos acreedores del culto que una parte de la humanidad les profesa. Adquieren distintas texturas, colores, formas ó tamaños, y enamoran a las féminas desde sus altares en los escaparates de las tiendas, compinchándose con la ropa para formar un conjunto explosivo. Las manos que los fabrican, además, los miman como si de niños pequeños se tratasen, acariciando su silueta y dedicándoles las horas que haga falta para que luzcan sus mejores galas ante la sociedad.
    Yo, particularmente, y para terminar esta especie de tesis improvisada, no sé si los tacones son un fetiche, un vicio ó un capricho; no soy quién para encasillar un objeto de tamaña importancia. Sólo sé que en los momentos de baja autoestima, cuando el mundo se le pone a una en contra y la hace sentirse frágil como el cristal, al amparo de cuantos pisotones quieran ofrendarle sus semejantes y cuantos vapuleos le obsequie su propia vida; justo en ese momento perro y odioso no hay mejor receta que subirse a unos zapatos de tacón que la coloquen a una más cerca del cielo. Y a ver entonces quién pisa más fuerte.