Mara's profileLA IMAGINACIÓN AL PODERPhotosBlogListsMore ![]() | Help |
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September 08 BOCADILLO DE JAMÓN EN LLAMASSSSSSSS!!!!!!!"Aquel día había amanecido feo, muy feo. Era abril, ó mayo. Debía ser abril porque era un día lluvioso.
Debíamos tomar un autobús con rumbo a Alicante, y la primera anécdota, después de solventar temas de bancos y demás -odiosos- trámites burocráticos, no se hizo esperar. Las elecciones en la ciudad siempre son una buena excusa para poner en orden el lugar, y tras meses y meses de incómodas obras públicas, la estación de autobuses era un hecho. Quizás un hecho demasiado moderno, y me refiero con ello a últimas modas, pues se había diseñado una rampa para la llegada de los vehículos que culminaba en el lugar exacto en el que se debía recoger a los pasajeros. Desconocedoras absolutas de tal innovación, mi amiga y yo nos colocamos al borde de la acera, incluso atreviéndonos a dejar medio pie fuera del bordillo y balancearnos temerariamente sobre el asfalto. La caída no podía ser peligrosa, pero al menos para dar motivo a risas ajenas que nos cabrearan sí. Sin embargo, era lo habitual al esperar al autobús, lo que se había hecho toda la vida. Era asomarse, y ver que en la cola, asomaban las puntas de los pies de la mayoría, haciendo equilibrios sobre el bordillo.
Ya no nos vendían billetes porque la taquilla estaba -inexplicablemente- cerrada, y sin entender que hacía todo el mundo al final de aquella rampa, nosotras, animales de costumbres hasta que nos damos cuenta de que ya no sirven para nada -que odioso no poder renegar de estas características de la raza humana-, permanecíamos fieles al lugar en el que toda la vida se había esperado el autobús. Y claro, el resto nos miraba sin entender absolutamente nada. No temían que nos colásemos -de otro lado, eran fauna femenina en su mayoría, rondando la cincuentena o sobrepasándola, de éstas que te montan un escándalo por menos de nada-, y estaban muy seguras, pero no entendían qué hacíamos allí. Y nosotras no entendíamos porqué nos miraban como a bichos raros. No conocíamos el nuevo trámite, pero en cuanto lo aprendiéramos, arreglado.
El misterio no tardó en resolverse, como son estas cosas, con el paso del tiempo. Vimos al autobús aparecer por el horizonte de la esquina, detenerse en el semáforo que estaba en rojo. Toda la gente que hacía cola expectantes por ver qué pasaba con nosotras, nosotras haciéndonos las independientes y que pasábamos de los comentarios de la peña, y de repente, el autobús que se para delante de nosotras porque no podía pasar por aquella rampa en cuyo inicio se situaban nuestras presencias. Ajá, toda esa gente pensó que éramos unas temerarias, que íbamos a hacer una reivindicación ó algo parecido, y les joderíamos el viaje a Alicante. No, no sabíamos que el autobús debía pasar por ahí, y nos tocó subir las últimas.
A sacar el billete una vez arriba, y rascar unos céntimos en virtud de condiciones que todavía nos proporcionaban ventajas -entiéndase, carnet joven, familia numerosa, etc.-, y al final del todo, donde aún quedaban dos asientos libres, pero muy defectuosos. Arranca el autobús, y empieza a llover. Y el autobusero que pisaba el acelerador a fondo, adelantaba a todos los camiones que podía, y el tiempo que se encabritaba y en los cristales ya no había restos de gotas de lluvia, sino una cortina de agua que lo escondía todo detrás de sí misma. Acojonadas llegamos. Ahí que nos plantamos en Alicante y emprendemos camino al ayuntamiento, donde debíamos resolver de nuevo trámites burocráticos -mierda de mañana aburrida-, con el diluvio universal cayendo sobre nuestros humildes paraguas, y las suelas de nuestras deportivas amenazando con hacernos resbalar en el momento más inoportuno. Casi omitiría el momento angustioso en que debíamos cruzar de acera y el inmenso charco que se nos ponía por delante, nos echaba para atrás. Recorríamos la calle entera si hacía falta para encontrar el tramo que fuese menos profundo.
En fin, resolvimos. Dejó de llover. No salió el sol ni tampoco el arcoiris, pero algo sí que se apañó la mañana. Además, debíamos coger un autobús de línea que nos llevara hasta la universidad, y la hora apremiaba para llegar a tiempo a las clases, etc. Los semáforos en verde ayudaron a que la hazaña resultara fructífera, y nos montamos. Pero, putada, hora punta y aglomeración en el transporte urbano. Entiendo a la gente que prefiere ir en coche. Menos mal que el día no era caluroso precisamente y los olores corporales no castigaban en demasía, aunque alguno había que se ganaba su minuto de gloria. Sin embargo, nadie nos salvó de tener que hacer el recorrido de pie, con un chófer todavía más temerario que el anterior. Y tampoco de vernos enmedio de una discusión entre dos féminas menopáusicas -esto no es machismo ni nada de eso, es que es así- que se preguntaban irónicamente porqué para solventar sus recibos de la luz debían desplazarse a la oficina de la compañía eléctrica que quedaba en el centro de la ciudad, y no servía la que paraba a dos manzanas de su casa. Y encima, reiteraban su cabreo con cierta regularidad. Era terminar de contarlo, y volver a empezar. Luego detallaron el menú que habían preparado para degustar aquel día en su casa, y entre el amontonamiento de peña, el vaivén frenético del bus y permanecer casi media hora de pie, la palabra mágica "lentejas", me revolvió el estómago, y casi creí que no llegaría consciente a la universidad.
Pero sobreviví!!!! Sí, quien resiste, gana.
La universidad estaba apagada. Era abril, había pasado la semana santa, y sin embargo parecía un día de invierno; con la gente de la biblioteca a clase, de clase a la cafetería, o permanentemente en la cafetería. El césped estaba demasiado mojado para sentarse siquiera, y no se podía tomar el sol. Así que, nada. Directas a comer.
Yo tenía que volver a casa enseguida porque tenía clase a las 6 y el último autobús salía a las 3; luego debía esperar a que comenzara el turno de tarde a las 6 y media, así que debía darme prisa porque ya eran las dos pasadas. Elegimos bocadillo. Mi acompañante trató de hacer de ciceronne de una cafetería que yo conocía como la palma de mi mano -aaayyyy- y que había dejado de frecuentar por cosas de haberse diplomado una ya y todo eso, y así me enumeró los distintos bocadillos que podía encontrar. De todos los sabores y colores, desconecté cuando iba por el de chorizo, creo. Luego me mencionó lo que le parecía una gran idea, un pequeño hornillo de hacía mil años que se utilizaba para recalentar los bocadillos, y del que hablaba emocionada.
Ella hizo su elección; bocadillo de jamón serrano. Yo necesitaba meditar, y pensar más lentamente. "Voy a calentarlo en el hornillo, que me gusta que esté crujientito, jeje". Yo ya lo suponía, contando con la manera sobreexcitada en que me había hablado del artefacto, y aproveché el silencio para decantarme por el bocadillo de tortilla de patatas -clásico, pero muy bueno-. Luego pasé a la sección bebidas, de la que también recuerdo que mi guía improvisada me había estado hablando. Me paré a pensar lo que me apetecía beber para acompañar al bocadillo. ¿Agua? No, demasiado sosa. ¿Fanta? No es lo mismo sola. ¿Cerveza? Tenía que ir demasiado rápido para pillar el bus. ¿Coca Cola? Sí, Coca Cola. Y cuando extendía mi brazo para hacerme con el bote que había resultado de mi elección, uno entre la treintena -más o menos- que había dispuestos allí; no el primero empezando por la derecha, ni el primero empezando por la izquierda, ni el primero de delante ó el primero de detrás, uno de enmedio, la cola de mi ojo percibió algo que la alarmó en sobremanera.
Me pareció ver algo extraño. Sí, lo estaba viendo!!!! Era real!!!! Mi cerebro no se estaba inventando nada, ni tampoco la percepción de mi órgano visual, era fuegoooooooooooooooooooooo!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
Cogí el bote de Coca Cola y me dirigí a mi amiga, que contemplaba como su bocadillo de jamón ardía entre unas coléricas llamas que alcanzaban el palmo de altura. Miré a mi alrededor, temiendo que más gente se diese cuenta de lo que estaba pasando y cundiese el pánico, y le exigí que apagara aquello, entre muuuuuchas risas.
"Pero, ¿qué has hecho????", le pregunté sin entender absolutamente nada de lo que estaba pasando. "Nada", me contestó ella, no muy dispuesta a admitir que era la responsable de aquello que estaba ocurriendo delante de nuestras narices. "Yo sólo he metido el bocadillo en el hornillo, para que se calentara un poco", me dio como única respuesta. "Ya, eso ya lo supongo... Pero qué has hecho para que salga el bocadillo ardiendo????", le pregunté, porque se ve que no había quedado bastante claro lo que yo quería que me explicara. Y mientras ella había cogido el peligroso "artefacto" por un costado que había quedado libre de la llamarada y lo golpeaba contra la barra del establecimiento para apagar aquel amago de incendio, me respondía, incrédula: "Yo sólo lo he metido ahí, y mira lo que ha pasado".
Y cuando me fijo bien en el bocadillo, veo que no le había quitado el papel que lo recubría. Le echo la bronca por no haberlo hecho, porque normal que el papel se prendiese al entrar en contacto con no sé cuántos grados de calor, y pasara lo que estaba pasando. Pero ella erre que erre que no tenía culpa de nada. "Pues el tío de delante lo ha metido con papel también".
Aún a día de hoy sigue insistiendo en ello.
Total, que una vez extinguido el fuego, salimos a dar buena cuenta de los bocadillos, y en la media hora que duró aquella comida, no pude dejar de reírme. Primero comentamos lo ocurrido y yo reí con carcajadas, luego, recordando cada dos minutos la situación, volvía a reírme yo sola, como si estuviera loca. Eran como unas contracciones de parto, cada dos o tres minutos, no podía evitar reírme.
Por supuesto, le pregunté a mi amiga: "¿Está crujientito el pan?".
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